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Cardo, temporada 2: Pasar del desfase a amar a Dios

Cardo, temporada 2 se distancia desde un principio de su primera tanda con un pequeño salto temporal: A María, interpretada por Ana Rujas, le conceden el tercer grado tras cumplir una pena de dos años y medio en prisión. Después de todo ese tiempo en la cárcel, la protagonista intenta dejar atrás esa etapa y volver a insertarse en la sociedad. No obstante, antes de la condena también estaba atrapada en sí misma, aspecto que se sumará a su lucha por encajar y encontrar un propósito vital.
Después del visionado de los tres primeros capítulos, las sensaciones que provoca la nueva temporada son muy similares a las de la primera entrega, puesto que, pese al tiempo que trascurre en la historia, cumple las expectativas manteniendo esa esencia tan visceral. Y lejos de conocer el rumbo que tomará la protagonista en los capítulos restantes, se tiene como buen ejemplo la anterior tanda para especular sobre la evolución emocional (y espiritual) de la protagonista.
La religión como recurso

Aunque las creadoras de la ficción, la propia Rujas y Claudia Costafreda, han defendido que la nueva temporada no es el claro relato de toda una generación como sí podría serlo la primera, el personaje de María se encuentra de nuevo perdida en un entorno que ha ido progresando mientras ella estaba encerrada. Esta vez, la diferencia es que esa prisión era real, y no mental y emocional. Por ello, pasa a ser la historia de un alma enjaulada que ni al salir de la prisión consigue ser libre.
La conciencia por la salud mental es otro de los aspectos que destacan de la nueva entrega de la serie de Atresmedia y Suma Content: la ansiedad podría considerarse la coprotagonista de la historia y, esta vez, la preocupación por María es más patente en su entorno que en la primera tanda. De hecho, la religión es una de las herramientas a las que acude la joven para salir de la oscuridad.
La serie comparte la atmósfera mística que construye a la protagonista, y quizás por ese motivo la temporada es menos explícita que la anterior. Además, con María Teresa de Jesús de alguna forma como narradora (al menos de los pensamientos de María), la segunda tanda de Cardo está marcada con el sello de los Javis —veremos pronto La Mesías— en cuanto a la religiosidad. De hecho, los recursos narrativos y la estética siguen fielmente la línea de lo que propone habitualmente la productora Suma Content. Así pues, la nueva temporada vuelve a encajar en ese estilo tan característico de romper con la estructura, a veces incluso utilizando lo más profundo de la sociedad tradicional.
No solo en lo audiovisual: la religión es un símbolo recuperado precisamente en los actuales treintañeros. Más allá de lo cinematográfico, la artista Rigoberta Bandini es otro ejemplo de desfase y fe a partes iguales, y así lo plasma en su música. De esta manera, Cardo se convierte en su segunda temporada en ese eco de una generación con educación judeocristiana que, después de renegar de ella, la reincorpora a su manera. La protagonista juega a ser una beata tomando decisiones desde el corazón pero que, de nuevo, pueden hacerle perder lo poco que le importa.
La eterna condena en la temporada 2 de Cardo

Precisamente lo que ata la primera con la segunda tanda es la jaula donde se desarrolla la historia de forma paralela: desde la droga ilegal a la institucional; de las fiestas para desconectar a las reuniones por volver a conectar… En su totalidad y en especial por esta temporada, Cardo cuenta a través de la pantalla cómo se convive en una eterna condena, sea interior o exterior.
De nuevo, la actriz protagonista está impecable en su actuación. Carga sobre sus hombros el peso de una de las más aplaudidas series patrias, tanto delante como detrás de la pantalla. Junto a Costafreda, han conseguido una secuela pura. Cardo juega otra vez con los pensamientos, que tienen el mismo protagonismo que el diálogo. Y precisamente esa narración siempre al servicio de las emociones de la protagonista se mantiene como uno de los imprescindibles de la serie.
María “llega tarde” a acontecimientos que vive su entorno por la condena en prisión: mientras una de sus amigas tiene entre manos una muy buena oportunidad de trabajo, otra de ellas acaba de ser madre. Y si se lee entrelíneas, esa pena en la cárcel es una metáfora del real y recurrente pensamiento de “tiempo perdido” que acompaña desde cierta edad a las jóvenes generaciones, con el que uno se autofustiga por sentir que no sigue el ritmo que supuestamente marca la vida.
Sin todavía haber sido testigo del final de temporada, lo cierto es que Cardo no defrauda. Costafreda y Rujas la han promocionado como la tanda que cierra la serie, y si bien siempre se puede ir más allá cuando se tiene personajes tan profundos viviendo realidades con las que mucha gente se puede ver identificada, sin la necesidad de aferrarse a clavos ardiendo, con esta decisión la ficción de Atresmedia y Suma Content se ha hecho un buen sitio en sus catálogos.

