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«Tiendo a pensar que la controversia de ‘El cónsul de Sodoma’ me perjudicó»

Sigfrid Monleón (Valencia, 1964) era un talento al alza del cine español en el recién empezado siglo XXI. Desde que estrenó su primer largo, La isla del holandés (2001), el director iba abriéndose hueco en el sector, culminando varios proyectos y consiguiendo en 7 años una nominación al Goya al Mejor Guión Adaptado y otras dos al Mejor Documental. Pero cuando se estrenó su gran proyecto, la biografía de Jaime Gil de Biedma con Jordi Mollá en El cónsul de Sodoma (2009) -que le valió otra nominación al Goya al Guión Adaptado-, su carrera en la industria se frenó.
Sin poder sacar adelante sus dos películas más deseadas -una sobre la Colonia Penitenciaria de Tefía y otra sobre la posición Yuste-, y sin encargos, Monleón se refugió en su otra pasión, el teatro, y en su más financiable labor documental, la gran constante en su carrera. En la última década lo han mantenido en activo películas como Ciudadano Negrín (2010, Cántico (2016) o El pintor de calaveras (2017), mientras otras puertas se iban cerrando.
«Nunca lo entendí», dice Monleón a Cine Con Ñ sobre sus proyectos frustrados tras el biopic sobre Gil de Biedma. El valenciano cita rápidamente como explicación la «controversia» que se generó cuando se estrenó la película, que tuvo firmes defensores pero también fuertes detractores. Uno era el novelista Juan Marsé, amigo de GIl de Biedma e interpretado en la ficción por Àlex Brendemühl, que calificó el filme como «grotesco, falso, ridículo, sucio, pedante». La calificación por edades de la película -y el tráiler-, con distintas escenas de sexo, amplió la polémica.

La controversia fue tal que el escritor, crítico y cineasta Diego Galán le comentó entonces a Monleón que era la película que «más literatura había generado en los medios, saltando de las páginas de Cultura y Espectáculos, después de El crimen de Cuenca (1979)». Monleón cree que no le vino bien la polémica para el desarrollo su carrera: «Tiendo a pensar que sí me perjudicó. Por muchos apoyos que tuviera a favor de la película, contaron más las voces de determinados popes, muchos de los cuales decían que no habían visto la película y no pensaban hacerlo, además».
Fuera como fuese lo que sucedió con Giel de Biedma y los recelos de la industria, Sigfrid Monleón vuelve a la ficción más de 10 años después. Lo hace con Una película póstuma, filme que presenta en la sección ZonaZine del Festival de Málaga, donde está por partida doble gracias a su estudio documental -y, precisamente, homenaje póstumo- sobre el director Mario Camus (Mario Camus según el cine).
Una película póstuma, el viaje de Sigfrid Monleón en «el después del después»

Monleón vuelve así al Festival de Málaga, al que ha estado vinculado desde el estreno de su ópera prima. El recuerdo de La isla del holandés es casi automático porque comparte protagonista con Una película póstuma: Pere Ponce. 20 años después, el actor catalán interpreta a un hombre que se decide a hacer un misterioso viaje a pie para reencontrarse con la mujer con la que vivió una inolvidable historia de amor. Ayudado por dos guías (Vito Sanz y Francesco Carril), el hombre se dirige a un pueblo apartado de la sociedad en lo alto de una montaña.
Inspirado en el Libro de la pobreza y de la muerte de Rilke y con ecos a Stalker de Tarkovski, este viaje por los bosques en busca de un amor perdido está concebido como «un poema visual» con 14 únicos planos, llenos de largos movimientos coreográficos, en los que se exploran distintos temas como «la finitud o la eternidad» a través de monólogos e intensas conversaciones entre sus protagonistas. Monleón figura así «una sociedad del futuro, donde ya no se muere sino que se producen cadáveres». El director explica que se trataría de algo «reglado, donde se saca beneficio de los cadáveres y la gente ya no tiene una muerte propia dentro de sí mismos, que es lo que nos da sentido en vida».
Una película póstuma sucede precisamente en el «después del después», en el que se plantea un mundo «donde no hay mayor horizonte que el fin de nuestra civilización y de nuestros recursos naturales». En ese sentido, el filme de Monleón se vincula al pensamiento de «la condición postuma» de la filosofa española Marina Garcés, que habla de nuestro tiempo como uno en el que todo ya fue. Para Monleón es una película «muy terapéutica y que nace del estómago» y considera que es, junto a la fatídica El cónsul de Sodoma, «su mejor película de ficción».
Mario Camus según el cine: todas las películas hablan de él

La segunda película que presenta Sigfrid Monleón en Málaga es Mario Camus según el cine, un exhaustivo acercamiento a la manera de hacer y pensar el cine del director de Los santos inocentes o La colmena. A Monleón le dio tiempo a que Camus viera el primer montaje de su película poco tiempo antes de su fallecimiento. Compuesta casi toda por las películas del cántabro y por las grabaciones que hizo Monleón en su casa a lo largo de un año de visitas, el filme no repasa su biografía, sino su cine, que, según el propio Camus, tenía todas las respuestas.
El pasado y su memoria, el retrato de la gente corriente, los entresijos del éxito, su formalismo… todo está en este análisis detallado del lenguaje cinematográfico de Camus y los temas que le obsesionaban. Narrada por el propio Monleón -que cita también a José Luis Sánchez Noriega como fuente-, la película va uniendo temas a través de secuencias de sus películas en épocas distintas. «A poco trabajo que hicieras, que hice mucho, se relacionaban solas las películas», explica Monleón, que asegura que esa unión más allá de épocas demuestra cómo Camus «ejemplifica lo que ha sido la figura del director de cine, como actitud y mirada sobre el mundo».
Así se va componiendo este particular homenaje para acercarse al Camus cineasta, aunque también se entrevé al último Camus persona, ya anciano. «Le gustó la idea del documental. Él llevaba tiempo distanciado del cine, lo había dejado aparte, pero era un hombre que siempre se había dado al oficio, muy activo. La película le volvió a encender esa bombilla«, explica Monleón, que recuerda con cariño cómo, ya solo tras morir su mujer, Camus se implicó en el proyecto («se fumaba sus cigarritos y se tomaba sus gin tonics conmigo»).
Para Monleón, el Camus persona se ve sobre todo «en su actitud ante la cámara» en la que se muestra muy cabal y colaborador, pero poco amigo de hablar de sí mismo y de recordar ciertas cosas, que le resultaban muy dolorosas: «Le daba mucha congoja ver películas donde todos los que aparecían estaban muertos». Camus, como demuestra Mario Camus según el cine, prefería «expresarse a través de sus películas y sus maneras de hacer las cosas que exponiéndose públicamente».
Imagen de portada: Sigfrid Monleón – cedida por el entrevistado (Suria Comunicación).


Arturo Tena