Películas españolas 2026
La mancha negra: Manual de tardofranquismo rural

En La mancha negra aterrizas en un humilde pueblo andaluz a principios de los años 70. Ha muerto la matriarca de una familia del pueblo, los Cisneros, y esa circunstancia ha hecho que se reunan las tres hijas y, sobre todo, el hijo, que vuelve al pueblo necesitado de parte de la herencia después de más de una década fuera. Los conflictos del pasado en la familia se encienden mientras los poderes fácticos del pueblo también se tensan ante las circunstancias.
El malagueño Enrique García (Resort paraíso, 321 días en Michigan) ha hecho este thriller rural ambientado en el patio trasero del tardofranquismo, en ese campo andaluz del interior aún atrapado en el pasado, el miedo y la miseria. Una película de la tierra, una oscura, seria y torturada. Con -sobre todo- La casa de Bernarda Alba o Los santos inocentes como referencia en su imaginario, se va tejiendo una intriga familiar llena de secretos que se irán descubriendo mientras los Cisneros intentan salvarse de su decadencia.
La mancha negra está bien dirigida en su tono grave y en sus interpretaciones, todas en línea. Además, dentro de sus limitaciones, tiene una ambición estética que no renuncia a acercar el ambiente de esa España seca y olvidada. Es verdad que luego, por dentro, no hay mucho más que rascar: los subtextos de su argumento no tienen mucho peso y todas las intrigas se podrían intercambiar con las de cualquier otra trama familiar lleno de pasados traumáticos. Una obsesión por seguir arquetipos de género que solo se desbarata al final.
La mancha negra, tardofranquismo rural

La mancha negra quiere ser desapacible y lo es. No hay espacio para la humanidad en el acercamiento histórico a una época en la que el campo andaluz estaba parado en el tiempo y lastrado por una aguda pobreza, sometida por el latifundio más férreo. El hecho de que la película esté ambientada en el tardofranquismo, previo a los cambios que tardarían pocos años en llegar, es una buena elección de García y la coguionista Isa Sánchez para establecer un contraste inmovilista con los cambios que el régimen vendía por aquel entonces, acentuado por la mirada ya externa de unos «turistas» como el hijo mayor y su mujer.
La construcción del pueblo de Aljarria y sus habitantes, aunque basada en los pocos detalles que se puede permitir la producción, funciona también en ese sentido. La máxima autoridad en las zonas rurales, el garante del orden, es el representante de la Iglesia, encargado de mantener el status quo. Don Andrés, el cura del pueblo, manda tanto en su terreno (la Iglesia) como fuera de él (el bar). El siempre cumplidor Juanma Lara le termina de dar el tono en la administración de sus filias y fobias, en sus abusos de poder y en mantener a los vecinos reprimidos. Con la referencia tonal de La casa de Bernarda Alba -todo ese vestuario negro-, cala la penumbra social.
Ayuda a no salir de este tono serio y cruel lo bien que, en general, están todos los actores (Virigina de Morata, Cuca Escribano, Pablo Puyol, Ignacio Nacho, Natalia Roig…). No se puede decir que no están todos entregados, en la misma página con lo que pide toda esa gran solemnidad de la película. Es seguramente también mérito de García a la hora de trabajar los personajes con cada uno de ellos.
Las ganas traicioneras de que te tomen en serio

Las flaquezas de la película, provocadas también por las limitaciones presupuestarias en un proyecto así de ambicioso -ese mal endémico para el cine español más pequeño-, están en su excesiva atención a lo que piden los códigos más duros del género, de ofrecer los arquetipos y las situaciones que hay debajo del cartel «thriller rural andaluz» del que parece tener miedo de salirse. Resulta, básicamente, demasiado conservadora en sus desarrollos, vaciándolos y esquematizándolos a favor más de «el qué» en su lucha de ávidos que de «el cómo».
La mancha negra está tan pendiente de que se la tome en serio, de darse aires de profundidad, que prefiere seguir el manual del supuesto cine adulto antes que tomar algún riesgo o de demostrar más personalidad. Por el camino, nada desentona mucho gracias a sus referentes de luto y su buen hacer interpretativo, pero tampoco destaca. O quizá ese tedio propio del cinéfilo más cansino era toda una maniobra de distracción para un tramo final absolutamente desatado, a lo Peckinpah, que deja esta esforzada película. Si es así, vale la pena quedarse hasta el fin de fiesta.
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Arturo Tena