Entrevistas
“A veces a mis películas se les ha pedido cosas que no eran”

Jonás Trueba (Madrid, 1981) llega al final, o uno de los finales, del proyecto Quién lo impide. Una apuesta educativa, cinematográfica y generacional que presenta ahora en forma de película de 220 minutos. Un largo que se ha convertido en una de las sensaciones del pasado Festival de San Sebastián, con premio para su reparto juvenil, y una de las 15 preseleccionadas para ser el Mejor documental en los Goya 2022.
El director conversa con Cine con Ñ sobre las claves de esta película que apunta a ser una de las que dejen marca en el cine español del 2021. Trueba reflexiona sobre cómo ha ido dando forma al proyecto, su relación con su filmografía y la de otros, o cómo se han entendido en ocasiones sus trabajos en el cine.
Quién lo impide es una película rodada durante varios años y que se ha explicado como poco calculada o pensada a priori. ¿Cómo está siendo el proceso de hablar de ella ahora?
Sí, ahora lo pienso y digo en las entrevistas que es la película menos intelectualizada de las que hemos hecho. En general, me gusta pensar que mis películas son bastante intuitivas. Quizá no tanto la primera (Todas las canciones hablan de mí), La reconquista o incluso La virgen de agosto, que son películas más reflexionadas de alguna manera. Pero esta desde luego es la menos conceptual en muchos sentidos, y ahora es verdad que toca explicarla.
Hay que darle forma en palabras.
Terminar así es bonito. No solo para mí, sino también para muchos de los jóvenes que han participado y que están colaborando en la promoción estos días. Les veía cómo iban afinando un discurso e iban terminando de entender cómo explicar la película, porque no es evidente. De hecho, ha sido un proceso muy largo, que muchas veces ha sido incomprendido incluso por nosotros mismos. Hemos ido contando el proyecto mientras lo hacíamos, incluso mostrando parte del material con diferentes montajes aproximativos, hasta llegar ahora a esta forma de película.
Me costaba mucho explicarlo. No me di cuenta de que es ahora, con la película ya allí fuera, que se entiende bien, que por fin me he quedado tranquilo. Siento que el espectador la entiende y que yo mismo la puedo contar, algo que hasta hace muy poquito no era posible. Creo que forma parte del proceso cuando terminas: acabar de entenderlo. En ese sentido, ayuda mucho siempre hablar con los periodistas. Sí que es verdad que intento no sobrecargar las películas con ideas, sino que el proceso de ponerle palabras venga después.
¿Cuál ha sido la brújula en este proceso tan largo entonces? Habría que ir apuntando hacia algún sitio.
Me gusta hablar de brújula, que indica dónde está el norte y el sur, el este y el oeste, porque en Quién lo impide hemos apuntado hacia todas las direcciones. De hecho siento que no había una meta clara: no íbamos hacia un sitio concreto y necesitábamos una brújula para llegar, sino que las sensaciones que muchas veces hemos empezado yendo por el este, hemos ido al norte, luego por el sur y por el noroeste.
Hemos ido cambiando mucho la dirección de la película. Eso creo que se ve en el montaje final: damos bandazos, hay cambios de dirección, hay contradicciones. La película se cuestiona a sí misma.
«Hemos estado perdidos en muchos momentos y nos hemos preguntado qué estábamos haciendo»
No ha habido brújula.
No, no ha habido brújula en ese sentido. Más bien diría que incluso hemos estado perdidos en muchos momentos y nos hemos preguntado también qué estábamos haciendo, si tenía algún sentido lo que pasaba. Ha habido también momentos de desfallecer o de cuestionarnos mucho.
Yo diría que realmente al final esa es la clave: no habernos puesto una meta demasiado clara, sino funcionar más bien con un motor que tenía que ver con el deseo de estar juntos, con el placer de cuestionarnos o de poner en duda una cierta idea de nosotros mismos, del cine como representación y su manera de representar a los jóvenes. Me gusta esa idea de que la película apunta hacia un lado, pero luego va en otra dirección y luego hacia la contraria. Eso creo que lo tiene.
¿Y cómo se ha resuelto esas direcciones luego a la hora de montar la película?
El montaje ha sido un proceso complejo de muchos meses, de mucho trabajo con la montadora Marta Velasco, que siempre trabajo con ella por suerte porque luego ha estado el tema de montar mucho en pandemia, que era una dificultad añadida. La brújula del montaje ahí ha sido que respondiese o mantuviese una fidelidad lo más fuerte posible con el proceso de rodaje. Había que restituir lo que había sido el proceso de los años anteriores rodando o incluso cronológicamente, que también a veces era una manera de hacerlo orgánica.
En ese sentido estoy contento porque no siento que nos hemos sacado una película de la manga en el montaje, sino que la película ha acompañado todo el proceso. El montaje sirve muchas veces para empezar un diálogo distinto con la película. Yo digo que es el segundo tiempo, porque te permite reflexionar sobre lo que has hecho. Hemos reflexionado y hemos tomado un poco de perspectiva.
Hemos tratado de ser también muy selectivos y muy responsables. Teníamos un material muy frágil y sí que hemos tenido muchas dudas también de “cuidado con esto y esto”, aunque nos gustara y fuera muy interesante, lo vamos a dejar fuera. Ahí había un proceso ahí distinto. Con otras películas tienes más claro la estructura a la que vas y puedes trabajar el material más libremente. Este material era extremadamente delicado, porque muchas veces pasa por testimonios de muchos jóvenes y tienes que cuidarlos, velar un poco por ellos.

La pandemia en ese sentido es un corte grande y explícito dentro de la película. ¿Era el final que tenía que tener Quién lo impide?
La pandemia ha venido a pegar ese hachazo tan grande en la vida del mundo entero, de tal forma, que ha creado un antes y un después. Es curioso que lo digas porque ha habido esa parte en la película de que la pandemia tuviera el papel de corte fuerte, de hachazo, que ha partido nuestras vidas y también un poco la película.
Pasa casi siempre cuando haces cine y trabajas con la realidad: se te impone muchas veces la forma de la película que estás haciendo en el rodaje y en el montaje también. Al final obedece a eso. La realidad viene a pegarnos una hostia, y creo que se siente así, como un corte muy claro y una fuerte elipsis en la película.
Me gustaría hablar también de las referencias cinematográficas de la película. En el Festival Punto de Vista de 2019, aún con el proyecto sin tener la forma de película actual, citabas el cine de Jean Rouch, La pirámide humana, o el de Michel Brault, y aquí se me ocurre Le temps perdu y la escena de las canoas.
Pienso que hay que entender el arte en general y el cine, por supuesto, como una conversación que tú tienes con lo que ha venido antes que tú. Me gusta entenderlo así, no ser adanista y ser realista. Aquí ha habido antes muchos cineastas que nos han enseñado un camino y que han demostrado cómo se pueden hacer ciertas cosas. Ahora mucha gente nos dice que esta película es un poco a contracorriente. Yo digo que será por cómo están los tiempos ahora porque lo cierto es que ha habido muchos cineastas que han nadado en esta corriente de un cine más libre o más vivo.
Desde siempre he dicho que está la referencia de Rouch, que es una no sólo para mí, sino para muchísimos cineastas. Es casi como una fuente a la que acuden a beber un montón de ellos a lo largo de la historia del cine. El propio Michel Brault es un heredero de Rouch. Cuando descubrí las películas de Brault me marcaron mucho y obviamente las tienes ahí. El cine checo, la nueva ola checa, también fue una referencia por su manera de retratar la juventud, por el humor y por su cercanía.
Por suerte hay cineastas con los que te puedes intentar hermanar o con los que puedes intentar traer a tu contexto, en tu momento en total, traer parte de su enseñanza. En ese sentido, el hermanamiento es traer hacia nuestra realidad la situación de los jóvenes. Dicho esto, estas películas que digo las había visto hace mucho y no he hablado de ellas con los chicos. Solo quizá a Candela una vez le pasé algunas de ellas para que las viera y pudieran darle inspiración o aliento.
«La película abre una gran pregunta al final: ¿Qué va a ser de estos jóvenes? ¿Qué van a hacer? ¿Qué les espera en el futuro?»
¿Cómo crees que el cine español ha reflejado a los jóvenes y cómo crees que se inserta la película ahí? Ha habido incluso subgéneros cinematográficos propios sobre jóvenes. Pienso en el cine quinqui.
Es posible que se me escapen películas españolas que se han hecho, que a lo mejor por suerte también están ahí y nos faltan por descubrir. Esto pasa, que todavía aparecen unas películas de los 60, quizá, que no nos habíamos dado cuenta que eran valiosas. Y también está toda esa estela del cine quinqui, que no es un cine que yo haya visto mucho, pero sé que está ahí y que a muchos jóvenes ahora les interesa y les parece atractivo.
Pero siento que una película así no la he visto aquí, que le faltaba un poco al cine español. Quizás a lo mejor ahí peco yo de ignorante o de presuntuoso, no sé, pero sí que me gustaría que la película se inserte en comparación a otras cosas que se hacen con los jóvenes. Mejor o peor. Quiero que Quién lo impide aporte una mirada más, un cachito más de un momento concreto, un retrato de un grupo de jóvenes muy concreto, muy particular.
La mirada sobre los jóvenes de la película, aunque se reflejan sus dificultades y momentos duros, es hasta cierto punto optimista. Hay esperanza hacia el futuro. Es algo que viene casi desde el espíritu de la canción de Rafael Berrio que da nombre al proyecto. ¿Crees que es eso lo que se transmite?
Nosotros siempre intentamos hacer películas idealistas o nos salen un poco idealistas. Y esto hay quien lo juzga mal. Pero es verdad que no hacemos películas realistas exactamente, ni siquiera esta película que puede parecer más realista, por el dispositivo documental, no veo que lo sea. No siento que sea exactamente una película realista. Creo que más bien sigue siendo una película idealista a su manera.
De pronto la realidad y la coyuntura, todo lo que ha pasado, se hace complicado de transmitir. Un discurso positivo sería ingenuo porque estarías obviando problemas que hay. Pero aún así es verdad que la película acaba en suspensión, un poco melancólica. No podía ser de otra manera, es como estábamos. La película en realidad abre como una gran pregunta, que es la que tenemos ahora en el aire con esta generación y con algunos de estos chicos que hemos acompañado durante todo este tiempo: ¿Qué va a ser de ellos?, ¿qué van a hacer? ¿qué les espera en el futuro? Y las lanzo con cierto optimismo, sí.
Dices que se juzga un poco mal ese idealismo de tus películas. ¿A qué crees que se debe?
Siempre me ha gustado la idea de que las películas podían ser un poco idealistas, que tenían que sobrevolar un poquito a la realidad, no pisando el suelo, sino elevándose un poco. Quiero pensar que el cine no tiene por qué ser solo un fiel retrato de la realidad y tampoco un escapismo exagerado, sino que puede situarse en términos más sutiles quizá. Y nunca sabes si eso se entiende o se percibe así del todo.
A veces, como anécdota, llega una persona y te dice que no conoce a chicos como los de Quién lo impide, que los jóvenes no son así. Te miden la película a veces por un rasero que creo que es un malentendido, una confusión, en el que se le pide a la película una cosa que no es. Al igual que, por ejemplo, pienso que no se le podía pedir a Los ilusos, Los exiliados románticos, La reconquista o La virgen de agosto ser películas estrictamente realistas en cuanto al retrato de personajes, aunque trabajen con espacios y personas que son reales, creo que tampoco se le pueda pedir del todo a Quién lo impide, que sí que nace de una raíz más documental o más realista.
Creo que sería un problema para la película si se le hace una lectura fundamentalmente sociológica, por ejemplo. Cualquiera podría decir que no represento a determinados jóvenes o determinados colectivos. Efectivamente, no los represento. Al final la cosa está en cómo encaras como periodista o espectador cada película, pero cuando empiezas a pedir una cosa que no es, empiezan los problemas. Y quizás a mis películas a veces se les ha pedido cosas que no eran.

¿No es un deseo, lo que realmente te gustaría que fuera la película y no es, y por eso deriva en frustración?
Es complicado cuando haces obras de creación en general pensar qué hacer con eso. En realidad, no puedes hacer nada cuando como espectador, crítico o periodista se te generan esas expectativas sobre las cosas. En el principio de Los ilusos hablábamos precisamente de esto, de lo que una película tiene que ser o no y de que se generan demasiadas expectativas en torno a esto.Nosotros decíamos: vamos a intentar ser transparentes. He intentado siempre transparentarme para bien y para mal. Yo y todos los que hemos trabajado en estas películas.
Pero eso no quita que te hagan un examen desde otro lugar. Tengo una teoría sobre esto también: lo que se presupone se impone. Esto tiene mucho que ver con los espacios y cómo funcionan los medios, con que a veces basta con que se empiece a decir que algo es tal cosa para que de repente lo sea. No solo una película o un libro, sino también un asunto político, por ejemplo. Es verdad que con las películas pasa mucho. Creo que las películas suelen nacer con un malentendido, y es bonito porque muchas veces los crea uno mismo.
Quizá Quién lo impide puede dar pie a ese malentendido o esa interpretación más amplia, en el sentido de que es un experimento abierto y que se ha ido construyendo. Eso la convierte en una especie de recipiente grande que se puede rellenar en distintas fases de la película con tus propios prejuicios o pensamientos. Es muchas cosas a la vez.
Me gusta eso de que no se atenga a nada, y tiene que ver siempre con esto de las etiquetas. Es verdad que queremos inmediatamente que una película sea algo determinado para de alguna manera resolverlo en una idea o en un pensamiento. A mí me encanta hacer un cine que se pueda escapar un poco de las etiquetas y que no acabe de ser lo que se supone que tiene que ser en ningún momento. Quizá que te sorprenda, que sea imprevisible, que no acabes de aislarla del todo.
Y esta película está pensada un poco desde ahí, para que entren muchas cosas distintas, aunque haya un alma o una filosofía común. Con otras cosas, con la música o a veces un libro, ahí sí que entran ideas más abiertas sobre lo que son. Es curioso como el cine acaba siendo siempre un poco demasiado rígido en esa expectativas. Ahora lo veo con la duración de la película (220 minutos), de pronto es un tema del que hablar cuando en muchas otras artes no es obligatorio o común. Cuando lees un libro, por ejemplo.
Cuando se estrenó El año del descubrimiento se le preguntaba mucho a Luis López Carrasco también sobre la duración de la película, y él decía que era como tres capítulos de Juego de tronos.
En ese caso no se dice nada de la duración, claro. Creo que uno de los valores más interesantes de la película debería de ser precisamente la longitud. Responde a un proceso muy largo, a mucho trabajo, a que probablemente en esas 3 horas y 40 minutos se condensan cientos y cientos de horas, con lo cual hay más concentración seguramente que en otras muchas películas que duran menos tiempo. La película de Luis me ayuda porque es un referente importante al que me puedo agarrar como una película española, con raíces documentales y más larga, que se estrenó recientemente, que se ha entendido y ha tenido ese hueco.
Volviendo a las etiquetas, una de las frases o claims que acompañan los carteles de Quién lo impide es la de “Tú también lo has vivido”. Esa clave de la experiencia, y pienso también en el eje del interés romántico en la película, ¿es la mejor etiqueta que se le puede poner?
Es curioso que comentes esa frase. No me gusta nada el uso continuo de palabras inglesas, pero sí que Ramiro Ledo, distribuidor de la película y al que adoro y que ha apostado por ella desde el principio, me dijo que necesitábamos ese tagline, que yo nunca había usado en mis películas. Le dimos muchas vueltas y al final apostamos por este, más suave, que apela a lo experiencial que comentas. Si la pensamos solo desde lo sociológico, ahí la película falla, está claro. Hay que pensarla más desde los inmersivo, de esa sensación, que yo mismo he sentido haciéndola, de hacer una inmersión en un grupo de jóvenes y eso es lo que le ofreces al espectador, la sensación de que está ahí con ellos.
Son esos momentos los que me interesan, de estar muy cerca. Al final, las películas también sirven para darte la oportunidad de estar en lugares o con personas con las que no podrías estar. Como pasa con las películas de Hong Sang-soo, de poder estar con unos tipos ahí en Seúl, o con cualquiera que me transporta a ese mundo.
A veces ser joven no es fácil, y la película te vuelve a situar allí, muy dentro. Creo que la película tiene más sentido cuando la pensamos desde ahí, desde los pequeños gestos, de estar en las conversaciones,en algunas miradas, en un roce, en un beso. Creo que la película está ahí, en estas pequeñas imágenes cotidianas, ni siquiera en los temas que traen los jóvenes, sino en otros momentos más sensoriales.
«Me encantaría hacer esta película toda mi vida»
¿Repetirías una experiencia tan larga e inmersiva como Quién lo impide?
Te diría que, en realidad, me encantaría estar haciendo esta película toda mi vida y sólo hacer esta película porque en ella podría haber cualquier cosa, con otros o con los mismos personajes, con otras o con las mismas edades.
Cuando me planteé Quién lo impide era, más que una película, una manera de seguir trabajando el cine. Y aunque también quiero hacer otro tipo de películas, sí quizás idealmente me gustaría ser capaz de volver cada cierto tiempo a ella, de volver a desentenderme un poco de ciertos dispositivos de producción y coger yo la cámara, que tiene algo de sano y que necesitaba mi cuerpo y mi cabeza. Incluso que necesitaba como cineasta.
Un continuum que recuperar y soltar.
Sí, lo que pasa es que es difícil. Al final dependes de poder hacerlo, que los demás lo entiendan, que tenga un lugar de exhibición. Al final vivimos de esto, o aspiramos a vivir de esto. Cuando pienso en el cine de Jonas Mekas, yo pienso en su cine en general, no en sus películas. Me lo tomo como si hubiera estado filmando la misma película toda su vida y que luego la ha ido dividiendo, cortando cada ciertos años, necesitado de un trozo de aquí y de llamarlo de alguna forma.
No digo que yo esté ahí, porque soy un cineasta más clásico o más convencional si se quiere, no tengo esa libertad absoluta que tenía él. Mekas no aspiraba a vivir de sus películas, simplemente filmaba y de vez en cuando las mostraba. No dependía de estrenos, no tenía ataduras con compañías o similares. Sería lo ideal y que a veces me gustaría trabajar. Ahora estamos yendo a Granada, que a lo mejor el año que viene ruedo ahí una película. La estamos financiando de otra manera y va a implicar otras cuestiones y otras presiones. Es también bonito ver cómo uno se desenvuelve también con eso.

Arturo Tena