CRÍTICAS | SEMINCI 2026
‘Una familia’ y entenderse unos a otros en el huracán de la culpa

Patrick Criado y Claudia Traisac en 'Una familia'. ©Laia Lluch
Ricardo Gómez ha estado casi veinte años dándole vida a Carlos, personaje de Cuéntame cómo pasó (2001-2023). Debutando con tan solo siete años en el mundo de la interpretación y la televisión, tanto él como su personaje han crecido en pantalla, delante de miles de espectadores. Así, uno podría pensar que la ópera prima como director del actor sería capaz de serpentear entre los entresijos de los platós de televisión, las cámaras y las luces. Nadie mejor que él para contar qué supone crecer siendo constantemente mirado, confundiendo el mundo ficticio con el mundo real y la distancias que se van abriendo entre ambos.
Esta es, a priori, la premisa con la que arranca Una familia, que tiene su estreno mundial en la sección oficial de la Seminci. Seguimos a un niño actor (Victor Lite) a finales de los años 90 que intenta separar su vida de la ficción. Por ejemplo, cuando busca mantener el día a día normal con sus amigos compitiendo por ver quién elige la mejor chuchería de la tienda de la esquina. Estas escenas son la prueba viviente de que la sensibilidad de Gómez tiende la mano al pasado, salvando la distancia del tiempo y consiguiendo que la película consiga brillar.
Sin embargo, Una familia se compone de tres historias: la de un niño que no puede ser niño, la de un padre (Patrick Criado) que no sabe ser padre y la de una madre que lucha por ser buena madre (Claudia Traisac). Con un arranque que revuelve las líneas temporales que se sucederán a lo largo de la cinta, la visión de Gómez se va perdiendo poco a poco, intentando sacar a la superficie una complejidad emocional en la que sus intérpretes, tenaces, escarban constantemente, pero que no llega a trasladarse a las imágenes.
Lo vintage como signo de identidad

La película recorre un día entero de cada uno de estos personajes en diferentes instancias temporales, indagando en unos inciertos años 90 en los suburbios de Madrid. El cambio de formatos parece ser la gran apuesta formal del director, diferenciando los numerosos puntos de vista de los personajes a través de la pantalla. La textura del grano y la ambientación noventera, cuidada a la vez que basada en iconos y símbolos, son la clave estilística de la película, que busca todo el rato dejar constancia de una época.
Pero el viaje que propone Gómez al pasado poco tiene que ver con la luz de la infancia, con comer espaguetis y ver cintas VHS con un vaso de leche al lado. Tras esta luminosa introducción, la película torna a otra cosa: un huracán de castigo, de culpa, con personajes que caen en arquetipos conocidos y perpetuados (el padre expresidiario que es incapaz de escapar de su naturaleza violenta, una madre que ha de luchar contra la precariedad y criar a su hijo sola, una abuela abnegada que se sacrifica y responsabiliza por todos). La trama del niño es la elegida para arriesgar formalmente y construir un universo, mientras que el resto del trabaja sobre una puesta en escena clásica.
Una familia: acompañarse y cuidarse

Es en esta vorágine de traiciones y de intereses personales que desestructuran las familias, donde florece el gran acierto de la película de Gómez y encuentra su genuino valor. La relación madre e hijo es quizá el único vínculo que realmente puede entenderse como un acto puro de amor, donde se construye la verdadera familia. Al pequeño, que parecía un niño casi independizado, que apenas podía entablar vínculo con sus padres, se le concede un lugar dentro de la vida de su madre. Su relación, fuerte como el personaje que construyen Gómez y Traisac, es el corazón de la película así como el momento más luminoso.
Por tanto, Una familia, pese a perderse a sí misma por el camino, complejizando tramas y líneas temporales, enredando las historias en nombre de una intrincación cinematográfica, también acierta en los espacios que logra darle a sus personajes para construir vínculos. También en su voluntad de entender y empatizar con todos, con sus errores humanos e imperfectos. Gómez explora la incertidumbre de crecer delante de una cámara como punto de partida para irse más allá, perderse y volver a encontrarse.
Laura Bermúdez