Crítica | Festival de Sitges 2026
‘La muerte de Drácula’: ¿Vivir más para hacer qué?

'La muerte de Drácula', de Nando Martínez y Juan González, Burnin' Percebes. ©Hot Potato
Los mitos sirven para entender cosas que de otra manera no entenderíamos, afirma una especie de experto encarnado por el guionista y realizador Luis E. Parés en una escena que sirve de pórtico de entrada en la ficción La muerte de Drácula. Drácula (1992) de Francis Ford Coppola parece servir de abstracta brújula narrativa a partir de la cual jugar con desmitificaciones, guiños y referencias. Mina (Laura Weismmahr), una usuaria habitual de Youtube, conoce a un vampiro hastiado de su vida en Barcelona (Javier Botet) que ve en ella una especie de reencarnación de otros amores del pasado.
El nuevo largometraje del dúo de cineastas Burnin’ Percebes supone otra apuesta por una mirada lacónicamente cómica a lo cotidiano y a las chispas de absurdos que pueden surgir cuando lo real se pone en común con lo fantástico. Después de un cierto acercamiento a las maneras más industriales de filmar que supuso El fantástico caso del Golem (2023), los realizadores parecen volver a sintonizar con obras previas como La reina de los lagartos (2019).
La pareja formada por Nando Martínez y Juan González vuelve a cultivar un cierto humor quietista, explorador de tiempos muertos o lentos, generador de perplejidades. Una manera de hacer que puede remitir, más o menos abstractamente, a las sensibilidades de Chema García Ibarra (Espíritu sagrado) y de otras autorías excéntricas que mantienen un contacto más o menos profundo con lo cómico, como Ion de Sosa o Julián Génisson. El resultado es una nueva experiencia, breve, acotada, logísticamente modesta… sanamente discutible.
La muerte de Drácula y la molonidad

En La muerte de Drácula, los recursos limitados no implican descuido. Ni la vocación cómica implica, como sucede tan a menudo, una cierta dejadez en el ámbito de la narrativa visual. En el filme se pueden encontrar detalles interesantes de diseño de producción y encuadres poderosos que incluso en algunos casos tienen una cierta cualidad desasosegante. Cabe cuestionarse el empleo de eso que solemos denominar inteligencia artificial, y que está basado en el saqueo del arte y del conocimiento humanos, como método de ejecución de efectos especiales. En eso, se coincide con el también juguetón Drácula (2025) del realizador rumano Radu Jude.
Los guiños al Nosferatu (1924), de F. W. Murnau, podrían haber llevado a un juego con las formas y los ángulos de esta y otras películas previas a la irrupción del sonido sincronizado. Las referencias solo aparecen de manera ocasional. No se produce un juego de texturas como el que Martínez y González ensayaron en La reina de los lagartos, y que podría haber llevado a los autores a terrenos más propios de Guy Maddin. Aunque las escenas musicales del filme puedan tener algo de versión chanante del Dracula: pages from a virgin’s diary (2002) del cineasta canadiense.
Como en La reina de los lagartos, Burnin’ Percebes optan otra vez por explicar una historia esencial, sin muchas vueltas ni giros. El mismo título vuelve a anticipar acontecimientos. El trabajo alrededor del mito implica un cierto vaciado, y se puede cuestionar si ese proceso de desmitificación no acaba generando algún tipo de vacío. Si, aun con su metraje breve, se podría construir algo más (sea en términos cuantitativos o en esos término cualitativos que son mucho más discutibles) en una hora de duración. Quizá es parte de la gracia: encontrarse con una película que rompe una cierta identificación entre lo lúdico y lo veloz.
Qué pereza da la vida eterna

¿Hay algo que entender, más allá de la guasa y del juego con lo fantástico, como parece dar a entender Parés al inicio del filme? Quizá los Burnin’ Percebes ponen en liza un poco de existencialismo lacónico. Las reacciones nada sorprendidas del personaje de Mina ante el descubrimiento de un vampiro encajan dentro de esa comicidad de baja intensidad que cultivan los cineastas. A la vez, también puede servir como representación de apatías cronificadas que parecen socialmente extendidas más allá de los toppings de felicidades escenificadas.
La no-heroína de la película desea vivir para siempre, pero uno no puede más preguntarse: ¿vivir más para hacer qué? Si el crítico cultural Mark Fisher escribía sobre la falta de deseo que percibía en los alumnos que asistían a sus clases, la sobrevenida vampiresa contemporánea de La muerte de Drácula parece compartir esa afección sin tener la excusa de estar desgastada por siglos de inmortalidad como el coprotagonista. Ya no es que se la vea incapaz de imaginar futuros fuera del capitalismo, siguiendo con las referencias a Fisher, sino que no la vemos capaz de procurarse algún tipo de tarea con que aprovechar su esperanza de vida infinita.
En todo caso, esta obra no resultará especialmente sorprendente para los conocedores de las películas anteriores del dúo. ¿Acaso es ese un problema, si el resultado tiene algo de lugar al que regresar con agrado y en el que descubrir algo nuevo? Cabe preguntarse por qué, entre tanto cine corporativo concebido y ejecutado desde el calco de fórmulas preexistentes, tantas veces nos sentimos tentados a exigir reinvenciones constantes a creadores más personales.
La muerte de Drácula tiene mucho de familiar, pero también suficientes peculiaridades como para alcanzar una entidad diferenciada. Quizá no sea suficientemente diferenciada como para convertir su estreno en un nuevo shock cultural que enardezca a la cinefilia adicta a la eventización. Ni falta que hace.

Ignasi Franch