Clásicos del cine español
25 años de ‘Lucía y el sexo’, el sueño del narrador de Julio Medem

Montaje: ©Cine con Ñ
Lucía y el sexo (2001) se estrenó hace 25 años, en otro cine y en otra España. Una película que desde su título quería lograr la cuadratura del círculo: ser provocadora y, al mismo tiempo, normalizar aquello sobre lo que provocaba. Con el tirón de Paz Vega y su popularidad televisiva por Siete vidas (1999-2006) en el cartel, más la promesa de numerosas escenas de sexo (en una cartelera donde, todo hay que decirlo, eran más comunes que ahora), consiguió sentar a más de 1,3 millones de espectadores en las salas.
Con todo, los desnudos, las anécdotas sobre el rodaje —ligeramente accidentado: Najwa Nimri se incorporó a última hora tras caerse dos actrices del reparto y rodó algunas escenas leyendo post-its en el set con su diálogo— y la controversia sobre su posible machismo —que no es algo que aparezca solo al verla «con ojos de 2026», sino que ya se dio en su momento— han opacado lo que supuso de hito técnico y también estético, depurando el estilo que su director venía apuntando desde Vacas (1992).
Lucía y el sexo fue la primera película española rodada íntegramente en vídeo digital, algo que Medem aprovechó para jugar con la luz de unas Formentera, Fuerteventura y Madrid si no idealizadas, al menos sí estilizadas hasta lo onírico. También supuso una deconstrucción del relato al servicio de la reflexión sobre la convivencia entre el autor y su historia que pasó desapercibida bajo los brillos de los estriptis y el melodrama.
La fantasía del Julio Medem escritor
Así, Lucía y el sexo debe ser leída como una propuesta más cercana a lo poético o lo fantástico que a lo realista, aunque también intente reflejar de manera relativamente veraz las diferentes facetas del sexo para las personas de finales de los 90 y principios de los 2000. Aunque Lucía (Vega) sea el hilo conductor, es Lorenzo (Tristán Ulloa) el protagonista, y las tres mujeres (o alguna más) que se encuentra por el camino encarnan facetas de la vida sexual de un soltero (o no) en sus 30 de por entonces (ni tan diferentes ni tan iguales al ahora).
Es ese filtro el que explica la luz casi espectral de las islas en invierno, los diálogos excesivamente directos o que suenan artificiosos fuera de contexto o la velocidad de las relaciones entre los personajes. Como revelará el final y nos ha ido insinuando la máquina de escribir de Lorenzo durante la primera parte del metraje, lo que estamos viendo es una historia que se reescribe, y en la que el creador lucha contra sus fantasmas.
Por eso Lucía, Elena (Nimri) y Belén (Elena Anaya) parecen por momentos fantasías masculinas —y solo la protagonista logrará librarse de ello según la secuencia—: es lo que se espera que sean. El punto de vista dominante es el de Lorenzo/Medem, donde la sexualidad, la pareja y la paternidad paralizan a través de sus claroscuros, que incluyen una tragedia en elipsis que la magia de la narración, o de los cuentos, solucionará al final.
La luz de Lucía (y el sexo)
Algo que no sería posible sin la luz, o falta de ella, que alterna una Madrid que a veces parece la Nueva York del cine norteamericano de los 70 con menos criminalidad pero igual de turbia y otras veces, una fantasía pequeñoburguesa. El faro, la playa, el mar como improvisado espacio de encuentros sexuales… son lugares más simbólicos que reales, en los que la textura de la imagen, y golpes de humor como el de la paella que no está disponible para uno solo, nos avisan de la irrealidad en la que debe enmarcarse el relato.
Unos modos que podrían chocar con un cine actual, no español sino general, saturado de falso realismo. Irónicamente, lo único que permanece intacto a un cuarto de siglo vista son las escenas eróticas en sí. En un audiovisual en el que parece que el sexo está vetado y donde le da casi tanto miedo mostrarlo de forma incorrecta al progresismo como al conservadurismo más carca, la Lucía y el sexo de 2001, que en realidad supera la actualidad por otras cuestiones, podría ser incluso más provocadora.
Un trabajo importante de un director que fue clave a finales del siglo pasado y principios del presente, ganador de dos Premios Goya —el que lanzó a Paz Vega hacia sus aventuras hollywoodienses y uno de la docena que ya colecciona Alberto Iglesias desde la música original— y que reventó las salas ante la promesa de un espectáculo erótico-festivo. Una película que no se rodó con coordinación de intimidad, pero llegó más lejos que casi todas las que sí.
Puedes ver ‘Lucía y el sexo’ online en FlixOlé.



Jose A. Cano


