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8 años: Amor y cine tóxico

Drama romántico en viaje a La Palma que se disuelve como un azucarillo en la inconsistencia y el cartón piedra

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8 años sigue el viaje de Madrid a La Palma de Jose (Miguel Diosdado), que se reencontrará en la isla con David (Carlos Mestanza), pareja que conoció en ese mismo lugar hace 8 años y con el que vuelve a darse una oportunidad. Juntos por fin tras meses sin verse, empiezan a retomar lo suyo por donde lo dejaron, con la voluntad de empezar de 0 un nuevo camino.

Dirigida por JD Alcázar, la película es una road movie romántica que viaja por el verano y la relación tóxica entre estos dos hombres. Es la clásica historia de reencuentro y de momento decisivo, pero protagonizada por una pareja gay en vez de por la omnipresente pareja hetero. Una representación que no hay que dar por descontada por ser aún una contadísima excepción en la ficción española. Follar y sufrir, el amor de verano y el de para siempre, el bueno y el de mierda, que sea para todos igual.

Pero esas características de partida son lo más positivo que se puede destacar de 8 años, una producción que habrá costado mucho levantar y no parece haberse hecho en las mejores condiciones. La película es un inconsistente viaje emocional y personal de un hombre que solo se salva por algunos destellos de interpretación de Miguel Diosdado. Drama romántico, road movie petarda, autodescubrimiento místico: poco está fuera del cartón piedra o del torpe anuncio veraniego de Estrella Damm.

8 años en hora y media

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Todo la predisposición que se puede tener para que 8 años te resulte un drama convincente, una historia de amor intensa o un tránsito personal catártico, se disuelve como un azucarillo según pasan los minutos frente a la pantalla. El falso dinamismo y la alarmante falta de conexión —cinematográfica y dramática— entre las distintas partes de esta película va metiendo tantas piedras en la mochila en el recorrido afectivo del personaje protagonista, el verdadero centro del tinglado, que lo acaba hundiendo.

8 años falla hasta en la base de su planteamiento cinematográfico y narrativo que le da título: que nos imaginemos qué ha podido pasar en estos meses sin verse, repasar en la cabeza qué ocurrió durante esos 8 años de relación para haber llegado hasta allí y de esa forma. Esas sugerentes elipsis de partida se van sepultando en los distintos vacíos posteriores que va metiendo la película en su propia trama de reencuentro en la isla. La sensación es que no son supresiones pensadas para evocar nada en nuestra imaginación, sino huecos dejados por apuros de montaje o falta de estructura. Justo lo que no debería ser una elipsis.

Como un descapotable

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Partiendo desde esta líneas que unen puntos de forma caprichosa, el conflicto que vive Jose (el de su dependencia de una relación tóxica) se disipa. Y todo pese a los buenos intentos del pobre Miguel Diosdado de darle un sentido y un arco coherente a la montaña rusa emocional que tiene que vivir su personaje, que no sale de la espiral de momentos de «todo iba bien hasta que…». En una secuencia es todo felicidad, pero 20 segundos después todo se ha ido a la mierda. ¿Por qué? Porque aquí hemos venido a sufrir, Miguel Diosdado.

No hace falta meterse en cosas extrañas que rodean a esta película —su estreno en cines después de meses en Filmin o sus decenas de discutibles laureles festivaleros—, basta con verla para entender que, como el descapotable con el que se pasean sus personajes, es un juguete bonito en el que por dentro solo hay aire. Sin dudar de que todos los involucrados han intentado hacer el mejor trabajo posible, en 8 años no han logrado lo que se proponían.

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