ENTREVISTAS
«El problema no es la tecnología, sino que llegó antes de que supiésemos lo que significaba»

Lluís Garau y Joan Porcel en el photocall de 'La carn' en el Festival de Málaga. ©Ana Belén Fernández
La carn es el espectáculo de danza interpretativa de Lluís Garau, basado en sus propias experiencias como usuario de la aplicación Chatroulette, que conecta a desconocidos vía videollamada, y también la película dirigida por el documentalista Joan Porcel y basada en ese trabajo. Juntos acaban de ganar la Biznaga de Plata a Mejor Película de la sección Zonazine del Festival de Málaga, además del premio a Mejor Actor para Garau, antes de estrenar en el D’A Film Festival de Barcelona esta misma semana.
Porcel y Garau se sentaron con Cine con Ñ durante el certamen malagueño para explicar los pasos que llevaron del documental puro a un proceso de ficción en el que exponer los riesgos de la soledad y el uso de internet. Ambos también expresan su preocupación por la falta de una pedagogía real de los peligros de la red y, sobre todo, de una generación de nativos digitales que con posterioridad a la pandemia de 2020 ha perdido elementos de conexión para expresar sus carencias vitales o emocionales.
¿En qué momento surge la idea de convertir la propuesta escénica de Lluís en un documental, o una mezcla de documental y ficción, como es La carn? [/restrict]
Joan Porcel: Nosotros decimos que hemos hecho una película, sin distinguir si es documental o ficción. Y empieza porque fui a ver la obra de Lluís, que era su trabajo final de carrera, y me fascinó, me llevó a muchos sitios. A partir de aquí hicimos unas piezas para promocionar a Lluís en teatros, grabando unos vídeos, siguiendo la gira… Montando ese material, nos dimos cuenta de que había una metamorfosis en la forma de percibir lo que Lluís hacía. Pasabas de ver la obra simplemente sentado en tubutaca, y hasta donde tu ojo llegue, a introducirte en el escenario gracias a la cámara. Eso nos dio la pista de que queríamos hacer una película.
¿Hasta qué punto se ha rodado el proceso creativo de Lluís o se han ficcionado sus experiencias? Por ejemplo, las vídeollamadas con desconocidos, en las que el espectador se pregunta si está asistiendo a algo, digamos, real.
J.P.: La película arrancó como un documental, porque mi idea era seguir con el tipo de cine que venía haciendo, como la película de Samantha Hudson [Samantha Hudson, una historia de fe, sexo y electroqueer (2018)] o la de Julia Colom [Sempre Dijous (2020)]. El proceso creativo de Lluís me interesaba muchísimo y lo fuimos grabando mientras seguíamos la gira, que estaba creciendo y durante la que nos propusimos capturar el máximo de bolos en diferentes países.
¿Qué pasa? Llega un momento que la cámara no puede estar todo el rato. Entonces surge la necesidad de empezar a introducir elementos más propios a la ficción y plantear un dispositivo de rodaje para recrear su habitación. Básicamente reconstruimos la habitación de Lluís de la infancia en un plató y rodamos la recreación de esas conversaciones a las cuales nosotros como equipo no podíamos acceder.
En ese momento entra todo el trabajo de acting y de documentación de esas conversaciones. Todas parten de realidad, aunque están reinterpretadas por actores, o se ha hecho un trabajo de omisión de la voz real. También se han reemplazado algunas caras con la técnica de deepfake, lo suficiente para convertir en anónimas esas conversaciones que Lluís había tenido en su vida real.
¿Es La carn una reflexión sobre la violencia virtual, que puede llegar a dirigirse hasta contra uno mismo?
Lluís Garau: Es eso. Todo parte de una herida de adolescencia en la que tú te descubres a ti mismo a través de esas videollamadas. Entonces tu propia identidad acaba siendo una distorsión de lo que muestras en internet, de lo que vendes de ti mismo, de lo que consumes de los demás. Se convierte en que no sabes muy bien cómo relacionarte con el resto del mundo, porque lo que has aprendido a través de videollamadas aleatorias de internet es algo muy violento. Y acaba en un estado de vulnerabilidad. Como protagonista de esta historia, yo pongo sobre la mesa muchos problemas que tengo personales, que he vivido desde mi adolescencia. Y es un proceso doloroso.
J.P.: La carn es el caso de Lluís en particular, pero la vez lo hemos querido extrapolar a una tendencia que se está viviendo desde la pandemia hasta ahora. Se ha acelerado el proceso de digitalización en general, están cambiando las maneras de comunicación. Las nuevas generaciones no salen a la calle. Textean, no se llaman. ¿Cómo afecta esto al futuro de la sociedad? Lo veremos en unos años.
En la película lo hemos querido llevar bastante al límite, con un protagonista que es incapaz de salir de su casa si no es para actuar. Pero a mí me gustaría saber cuántos de estos chavales que ahora están en la intimidad de sus teléfonos móviles o del ordenador en sus habitaciones sin ningún tipo de control parental.
Precisamente La carn coincide con un momento en el que se debate si se debe limitar de manera legal el acceso de los menores a determinados redes o a internet en su totalidad.
L.G.: A nivel personal no estoy a favor de la prohibición por un motivo muy claro y muy sencillo: cualquier cosa que esté prohibida en el mundo, cualquier cosa, hay una parte de la población que va a tener ganas de hacerlo solo por eso. Al final la prohibición lo que hace es el despertar el deseo. Soy más partidario de la educación y de la reflexión.
Yo habría agradecido que en mi época, la de toda una generación, cuando los ordenadores llegaron a nuestras casas, nuestros padres hubiesen tenido el conocimiento para darnos las herramientas a nosotros y usarlas de forma correcta. El problema es que la tecnología llegó antes de que supiésemos lo que significaba. Y en ese decalaje de la incomprensión de lo nuevo afloraron muchas problemáticas que aún hoy en día estamos viviendo.
J.P.: Con La carn no queremos decir a cada familia cómo educar a sus hijos, ni mucho menos. Pero si decimos: vamos a abrir la puerta, cogeros de la mano y enseñaros lo que pasa ahí. Cerrando los ojos todo eso no va a desaparecer. Más allá de esto, como dice Lluís, nosotros fuimos esa primera generación de nativos digitales en la cual nuestros padres tenían una información relativa sobre lo que pasaba en esas pantallas.
Y aún así te diría que el Internet de aquella época era bastante más amable que el que nos encontramos ahora, que han entrado una serie de empresas, millonarios e intereses políticos a controlar todo lo que ocurre ahí y sobre todo a hacer dinero. ¿A costa de quién? Pues ahora mismo hay niños apostando dinero real o consumiendo pornografía desde el teléfono móvil a los 10 años. Una serie de barbaridades que con un trabajo de educación en casa y en la escuela quizás no desaparecería, pero al menos las familias sabrían lo que ocurre.
De alguna forma la película también apunta a toda la sociedad, no solo a una generación, cuando una de las personas con las que habla Lluís es un hombre de más de 50 años…
L.G.: Ni la película ni mi proyecto quieren moralizar sobre el hecho de usar ese tipo de aplicaciones. No queremos retratar de una forma negativa a la gente que habita ese espacio, que puede ser un lugar de diversión o de morbo o de lo que cada uno quiera. Es una reflexión de qué ocurre cuando el vacío de la soledad lo llenamos con eso. Ahí es donde aparece el monstruo en la habitación.
J.P.: No deja de ser otra adicción como pueden ser las drogas o cualquier otra cosa que llegue a monopolizar tu vida.
¿Por qué expresarlo mediante la danza?
L. G.: La danza funciona porque lo primero que yo expongo de mí es el cuerpo. Mi forma de expresarme es el cuerpo y a partir del cuerpo sentir todo lo que estoy viviendo. Es algo muy performático, el hecho de poner toda la carne en el asador, pero desde la verdad, realmente. La danza es mi expresión número uno, es la manera en la que creo y la manera en la que primero me vienen las ideas y, por eso es el proyecto, claro.
¿Y cómo planteasteis el traslado de la danza al audiovisual, siendo dos experiencias tan diferentes para el espectador?
J.P.: Es un universo que en la sala se vive de otra manera. Es una experiencia única, cada representación es diferente. Se crea un sentimiento de colectividad que en la sala de cine quizás se puede trasladar, pero no a tu casa en una plataforma. Y la sala tiene unas limitaciones, unos fuera de campo que nosotros queríamos alcanzar. También queríamos retratar todo ese universo que es la Mallorca de invierno, una Mallorca vacía, trasladando la soledad de esa isla que nosotros vivimos en la adolescencia.
Creo que le añade una capa el hecho de hacer explícito ese espacio físico. Esta película rodada en Madrid o Barcelona quizás habría sido menos precavida, en el sentido de que en una isla como Mallorca todo el mundo se conoce: si no a la persona, a la hermana, el hijo, lo que sea. Queríamos jugar con esa idea porque en una de las conversaciones que muestra La carn, Lluís empieza a tener una relación que se va alargando con uno de sus vecinos a través de internet. No acaba nunca de fisicalizarse, pero está muy cerca y hay una serie de precauciones que toman los personajes que creo que en una ciudad más grande quizás no hubieran hecho falta. [/restrict]

Jose A. Cano


