1. Entrevistas
  2. «Todos tenemos personajes con los que jugamos para protegernos»

«Todos tenemos personajes con los que jugamos para protegernos»

Laura Herrero Garvín estrena en cines ‘La Mami’, multipremiada película sobre un grupo de mujeres en un cabaret de Ciudad de México. Habla sobre la película, el país norteamericano y su desarrollo como cineasta.

"Todos tenemos personajes con los que jugamos para protegernos" 1

Laura Herrero Garvín (Toledo, 1985) llegó por primera vez a México en 2008, gracias a un intercambio académico. Esa visita acabó siendo el gérmen de de casi toda una década -con distintas idas y venidas- en el país norteamericano. Ahí, desde distintos espacios, fue desarrollando una carrera como documentalista con un forte compromiso político y social, especialmente vinculado a perspectivas de género.



El camino de Laura Herrero Garvín ha ido desembocando en colectivos audiovisuales, distintos cortos y dos celebrados largometrajes. Aunque en España quizá su nombre no haya sonado tanto por su desarrollo mexicano, también aquí hemos acabado ensalzandos sus películas. Con la primera, El Remolino (2016), un retrato sobre la identidad femenina a través de una familia que vive en una zona azotada por las inundaciones, acabó ganando el Festival DocumentaMadrid en 2017.

Tras pasar por el Máster de Creación Documental de la Pompeu Fabra en Barcelona, ahora Laura Herrero Garvín estrena en España La Mami, ota multripremiada película en festivales de primera línea (Festival de Málaga, L’Alternativa) y que ha conseguido también dos nominaciones a los Premios Gaudí. Habla desde Barcelona sobre su trayectoria, México y algunas de las claves de esta inmersiva película sobre un grupo de mujeres que trabajan en un histórico cabaret de Ciudad de México (Barba Azul).

 

Llegó a México por primera vez en 2008. ¿Qué idea del país tenía cuando llegó y cuál tiene ahora una década más tarde?

Llegué para hacer un intercambio académico y me quedé fascinada con la efervescencia que había en el país. Hay algo como muy fuerte que, desde el principìo, México me estaba mostrando: por un lado, lo más asqueroso y putrefacto del mundo y, por el otro, lo más luminoso y esperanzador. Era constantemente ver esas dos caras de la vida. Que las tenemos en todo el mundo, pero ahí se ve mucho más.

En mi llegada a México empecé a hacer un cine más político y social y luego, de alguna forma, fui encontrando la manera de cómo me quería posicionar ante el cine que quería hacer. Fui trabajando un lado más autoral e íntimo que trabajara con esencia, emociones más propias y en relación conmigo misma.

«He intentado trabajar muy duro para que mi mirada no fuera superficial ni folclorizara»

¿Es más difícil observar la realidad en un país que no es el tuyo? ¿O es más fácil, porque puedes mantener una cierta distancia que beneficia la observación?

No sé si sé responder a esta pregunta porque hay algo en mi forma de hacer cine que es visceral, no tan reflexiva o calculada. Estuve ocho años ahí, entre los 22 a los 32 más o menos. En esos años maduré, me hice cineasta. Por esa parte no me sentía tan extranjera, había algo de pertenecencia. Al final mi vida, ser mujer y persona, se desarrolló en México.

Sí que es verdad que hay cosas que me sorprenden o me interpelan más por ser extranjera, y esa distancia juega a favor. En general, había que hacer un esfuerzo muy grande para que hubiera algo más universal en las historias que quería contar que rebotara en mí, en mi historia. He intentado trabajar muy duro para que mi mirada no fuera superficial ni folclorizara. Quería que fuera más allá, que escuchara, que observara los claroscuros y no prejuzgara.

¿Cómo ha marcado su visión del cine el haber formado parte de dos colectivos en México como EmergenciaMX y La Sandía Digital?

Fue esencial. Si soy cineasta hoy es gracias a esos dos colectivos. EmergenciaMX nació en 2011 a partir de un movimiento social de familiares de asesinados y desparecidos en la guerra contra el narco. Ese colectivo me enseñó, con cineastas que llevaban una trayectoria más larga, a grabar, a coger la cámara y construir discurso. Entendí que esta herramienta del cine documental cubría tanto mis inquietudes sociales y políticas como las profesionales y creativas. Eso era maravilloso.

Por una documentalista que conocí en EmergenciaMX nació la idea de fundar La Sandía Digital, una productora colectiva y feminista que tenía como función crear contenido con perspectiva de género. A diferencia de EmergenciaMX, ahí sí había un objetivo más lucrativo, que pudieramos vivir de ello. Fue un proyecto a largo plazo; hubo mucho trabajo en equipo para crear contenidos colectivamente, de entender la importancia de generar audiovisual y documental. De La Sandía Digital nació El Remolino, y también hay algo de La Mami. Sigo colaborando con ellas en muchos aspectos, aunque ahora esté un poco lejos.

En ese sentido, el trabajo en La Sandía Digital conecta tanto con El Remolino como con La Mami en esa perspectiva de género, ¿Qué significa adoptar esta posición en un país en el que las tasas de violencia estructural contra las mujeres son tan altas?

Al haber estos niveles de violencia tan altos, los niveles de organización feminista y de respuesta colectiva son también muy fuertes. Las organizaciones feministas son potentísimas y están  luchando día a día en un movimiento muy fuerte. En general, hay un tejido de movimientos sociales (territorio, lucha contra la violencia…) muy importante en México. Hay mucho sentido colectivo y tejido social organizado.

«La lucha de las mujeres transgrede, es una lucha por la libertad de ser quién quieres ser»

Esa mirada sobre la situación de las mujeres ha sido seguramente el gran hilo conductor de tu trabajo, ¿cómo crees que se ha expresado en El Remolino y en La Mami?

Para El Remolino salió todo muy desde lo visceral, de estar mucho tiempo en una zona concreta del país, de conectar con ellas y ellos. Hay algo que se traduce en las dos películas que es la búsqueda de lo esencial que se conecta conmigo. Esta lucha de las mujeres transgrede, es una lucha por la libertad de ser quién quieres ser. De posicionarte desde ahí.

Los personajes de las dos películas tienen esa posición ante el mundo de soy así y quiero ser así. De decir que a pesar de tener que decir que no a muchas cosas, no me voy a dejar ir. En El Remolino Pedro decía: «Sé que no puedo tapar el sol con un dedo y me voy a convertir en mujer». Y en La Mami hay algo también de decir «aquí estoy».

En La Mami las mujeres protagonistas que trabajan en el cabaret parecen separarse un poco de su verdadera identidad (cambian de nombre, se maquillan…) entre bambalinas para poder “salir a la jungla” del local. ¿Hay que tomar un papel para sobrevivir?

Sí, hay que adoptar un papel. La película pone sobre la mesa estas dos caras, la de una mujer que puede estar en el baño triste o preocupada por el alquiler o porque su hijo está enfermo y, de repente, la que bajar por esas escaleras y actuar: va a la pista de baile, y tiene que estar contenta y tranquila para que los clientes estén cómodos. En el baño puede ser una cabrona, diciendo cualquier barbaridad sobre el clente, pero luego tiene que seguir dándole juego.

En realidad todos, hombres y mujeres, jugamos con esos papeles. Yo no soy la misma persona que cuando estoy con mi madre, con mi pareja o con un amigo o ahora mismo cuando estoy hablando contigo y contándote mi película. Todos tenemos unos personajes con los que jugamos para protegernos. Es verdad que cuando eres mujer y el mundo te expone, te violenta, igual tienes aque adoptar otro papel y ser un poco más guerrera, o tener miedo y protegerte de otras formas.


En la película hay un acercamiento inmersivo tanto a rostros y gestos de estas mujeres como a sus propias personalidades. ¿Cómo se llega a acercarse tanto, a estar en medio mientras pasan las cosas?

Tenía claro que no iba a ser fácil. Las del Barba Azul son mujeres muy estigmatizadas, les cuesta mucho ponerse delante de una cámara. Como quería hacer algo cercano, decidí que necesitaba invertir tiempo estando ahí con ellas. Estuve dos o tres años visitándolas hasta que me gané su confianza y pude poner la cámara de la forma en la que yo la quería poner.

Hubo mucho espacio para que ellas decidieran cómo querían participar en la película: sabía que era yo la que estaba invadiendo ese lugar. Les di opción de aparecer, no aparecer, aparecer con voz y cuerpo, con voz pero sin cuerpo… y como yo era también la directora de fotografía pude tomar el camino desde ahí. Fonfiaron en mí absolutamente. Al principio querían aparecer 4 y al final del rodaje querían 20; fue un proceso de irse animando también.

Luego está esta propuesta visual fuera de campo de esa Mami que está ahí y esos cuerpos personajes que giran alrededor de ella y de voces que entran y que salen pero que no sabes de quién vienen. Eso ayudó a protegerlas y a construir toda la colectividad que está detrás La Mami.

Estudiaste también en el famoso Máster en Documental de Creación en la Universidad Pompeu Fabra en Barcelona, del que han salido importantes documentalistas. ¿Qué peso tuvo esta etapa formativa?

Había terminado mi primer largometraje, El Remolino, después de un trabajo de unos 6 años en cine documental en México. Estaba en un momento que ya sabía el cine que quería hacer. Ahí fue el momento en el que decidí volver a España y abrirme a nuevas perspectivas, aumentar referentes y poner en diálogo el cine que estaba haciendo entonces. Quería escuchar, aprender, absorber y alimentar lo que sabía y podía hacer.

Por eso el Máster llegó en un momento muy bueno, en el que tenía una búsqueda muy clara. Funcionó muchísimo. De hecho, La Mami se desarrolló allí, y fuemuy rico ponerlo en diálogo con todos los profesores y con la asesora principal de la película, Marta Andreu, que fue clave en estre proceso. Y también están los alumnos. Al final este Máster tiene una selección muy particular, con unos alumnos muy valiosos y que vienen de todo el mundo. Aprendí muchísimo de mis compañeras y compañeros.

Con respecto a lo que hacía ya antes, ¿qué cambió en el Máster?

Yo empecé a hacer cine de una forma muy intuitiva. No había estudiado cine a nivel formal; había encontrado la necesidad de hacerlo y estudié un poco, pero muy poco. En el Máster se me puso sobre la mesa el valor de lo autoral, la búsqueda, de lo profundo, de trabajar historias que dejen grietas que la audiencia pueda hacer suyas.

Además es muy bonito cuando conoces otras formas de hacer cine a través de tus compañeros, las películas que ves en el máster y con tus profesores. Con sus experiencias tienes la capacidad de decidir qué tipo de cine quieres hacer tú. Al final el cine es una mirada hacia el mundo y creo que ese procesó maduró mi mirada de alguna forma, conociendo otras perspectivas y sabiendo qué quería y qué no. Al final no todos los cineastas queremos lo mismo.

 

Arturo Tena (@artena_)

Menú