Películas españolas 2026
Nato 0. El origen del mal: El peligro de ser un cliché

Un profesor español de criminología que da clases en Nueva York especula con la existencia teórica de un Nato 0, un tipo de asesino que se considera imposible, el que puntúa más alto en las escalas de valoración de peligrosidad criminal. Una persona sin empatía ni conciencia de ningún tipo, que sería capaz de matar más allá de modus operandi o perfiles y no se detendría ante nada. Una antigua alumna, ahora inspectora de homicidios, le pide su asesoría en un extraño caso sin resolver, en cual todos los indicios apuntan precisamente a ese tipo de criminal, cuya existencia provocaría el pánico en las calles.
Gonzalo Crespo Gil debuta en el largometraje con esta película a medio camino entre las Españas y Nueva York, cuya principal novedad sería su condición de producción 100% ibérica al mismo tiempo que mimetiza, con un equipo en gran parte español, un tipo de cine hollywoodiense que la influencia norteamericana ha convertido en el estándar internacional. Y la cosa es que lo logra, pero demasiado bien como para que la película sea memorable o destaque por algo.
Porque en Nato 0. El origen del mal la mayor parte del nivel técnico está correcto. Hay dinero para drones, la cámara se coloca en sitios con una intención, el reparto es más o menos solvente, sobre todo Carlos Olalla, que le da toda la credibilidad que se le permite al protagonista… su principal problema es que la hemos visto mil veces, y además en La 1 un sábado a las 15.30. Es el típico puzzle de referencias cinéfilas que hace un mix con un género concreto y no se molesta en quitarle peso con aunque sea un leve sentido del humor o una indicación de que sabe que está haciendo una película de hace 30 años, y no precisamente de manera muy original.
Explicar o insistir

Lo más notable es cómo la película, que pretende ser un thriller sofisticado, se pasa de explicativa por si no captas la profundidad del planteamiento. Es evidente que el concepto del Nato 0, que retuerce un poquito para que den susto elementos de la criminología del mundo real, tiene que ser verbalizado por algún personaje. Pero ya que el protagonista es experto en dicho campo y se han usado sus clases para explicarlo, ¿por qué repetirlo varias veces a lo largo de la película con algún personaje detallando pormenorizadamente por qué debe dar miedo de manera que se dirige descaradamente al público y no a la persona con la que presuntamente habla? Es como si nos pusiesen un cartel que dijese «susto».
Eso, pasando por encima de lo fácil que resulta ya a estas alturas la idea del asesino en serie como epítome de la maldad y el máximo desafío al que puede enfrentarse la Policía, cuando lo que de verdad da miedo en el mundo real es la gente perfectamente sana mentalmente y con una moralidad propia más que clara que acaba siendo autora o cómplice de barbaridades sin pestañear e incluso a veces al amparo de la ley. El asesino amoral definitivo es un planteamiento de película de miedo, no de policial, y aplicado a los códigos del noir solo funciona si se usa como excusa para retratar las grietas del sistema —como en El silencio de los corderos, referente de esta película—.
Lo del detective brillante que se pone música clásica y coloca chinchetas en un mapa de Nueva York ni lo comento. Ya no impresiona, para el cine todos los detectives son así. Por supuesto, todos estos elementos que se concitan en Nato 0 podrían estar en un thriller actual, pero se contarían de otra manera. No necesariamente menos tópica, pero sí menos trillada, que haga menos previsible sus momentos grandilocuentes o de tensión. Cumple tanto con cada ítem a tachar en una lista de «cosas de thriller de los 90» que no hay una tensión real sobre quién puede ser el asesino o cuál será su siguiente movimiento.
El problema de los atajos

Es el problema de los clichés. Son cómodos porque suponen atajos semánticos. El protagonista escucha música clásica, así es que es listo y refinado. Fuma, así que está nervioso. Pero, de tanto repetirlos, los recursos que originalmente pretendían caracterizar a personajes como brillantes, violentos o excepcionales de cualquier forma han perdido significado. Si todos los médicos ficticios son ya como House y todos los forenses como Bones, entonces se pierde el componente que los hacía especiales, se vuelven previsibles, y de repente médicos más o menos realistas como los de New Amsterdam parecen una representación novedosa. Lo mismo vale para el thriller, que se exprime aquí, que para las comedias románticas o el terror.
Esto aplica igualmente a Nueva York como escenario. Sí, es en un entorno impresionante, una colonia de hormigas de acero y vidrio gigantesca para la escala humana en la que un asesino en serie tan imposible como este puede pasar desapercibido porque sus habitantes y sus medios de comunicación están insensibilizados frente a las muertes violentas —la verdadera «moraleja» de Nato 0, que se pierde entre la grandilocuencia impostada—. Pero si siempre se muestran los mismos rincones de la ciudad con el mismo tipo de plano —el Flatiron es una maravilla arquitectónica, pero está más visto que el tebeo—, se convierte solo en un espacio de ficción, no uno real, un escenario por defecto sin ningún significado.
En fin, un clon mal digerido de la mencionada El silencio de los corderos o Seven y el estilo de David Fincher, todo ello influencias excesivamente obvias de Nato 0, la cual no se deja ni una frase hecha, tipo «no es un aficionado, sabe lo que hace», pero sin aplicarles el más mínimo sentido del humor como filtro. En fin, sin entender que la fórmula ya ha sido tan exprimida por las series de televisión, además dándole todas las vueltas y revueltas posibles, que resulta muy difícil hacer algo que se salga del raíl. Y sin ejecutar del todo bien algunos giros, o pasándose de rosca.


Jose A. Cano