Series españolas
Los Farad: Un león con anfetas

Los Farad son un clan de traficantes de armas afincado en Marbella y que vive de suministrar a guerrillas comunistas o al régimen cubano durante la Guerra Fría. Óscar es un joven monitor de aerobic que sueña con montar su propio gimnasio junto a su tío que conoce a Sara, la mayor de los hijos de la familia. Conforme más aprende de los negocios de su nueva novia, más se da cuenta de que no sabe dónde se está metiendo. Pero claro, el dinero, el glamour y el riesgo que acompañan a la vida de los Farad son demasiado atrayentes, por no decir adictivos.
Mariano Barroso y Alejandro Hernández vuelven a trabajar juntos tras El día de mañana (2018) y La línea invisible (2020) —además de un episodio de Criminal (2019) y un par de largometrajes—, en una serie que tiene en común con aquellas su ambientación de época pero también su vocación popular. La ventaja para la que nos ocupa es que no adapta hechos reales concretos, aunque use muchos de ellos de inspiración, y puede despendolarse sin que quede como un pegote o una frivolización. Es un thriller de acción, con su ambientación histórica, para entretener. Así, si quieres meter que esta gente cazaba leones puestos de anfetas, lo puedes hacer. De hecho, mejor que sean dos.
Claro, dado que Prime Video dispara a todas partes y es, para todo, más Netflix que Netflix (en hacer series genéricas y en convertirse, de forma lenta pero progresiva, en la televisión en abierto de los 2000 pero con suscripción), alguna vez tenía que acertar. Precisamente porque Los Farad es una serie que no pretende ser más de lo que es, como la mejor que han estrenado este año, Sin huellas, y no una ida de olla que aspira copiar éxitos de otros lares.
Sucesión, pero poca

Partamos de la base de que Los Farad es una serie sobre traficantes de armas en las que apenas se ve lo que le hacen las susodichas armas a las personas, vamos a decir, aunque de alguna forma u otra percibamos las consecuencias del negocio y haya una escena que sí, que está hecha para impactar. Al final la trama gira más alrededor de las peleas internas entre los hermanos y herederos potenciales o de la rivalidad con un antiguo socio del patriarca que del tráfico en sí, aunque el contexto de la Guerra Fría con la Guerra de Angola o el escándalo Irán-Contra le den un fondo más trágico y turbio a lo que pasa.
La gracia de Los Farad también es que se toma a sí misma en serio lo justito como para que la parte dramática o de acción funcione, pero ya. La mayor parte del tiempo la voz en off del protagonista, que interpreta Miguel Herrán haciendo una versión ochentera y cosmopolita de su mismo papel en Hasta el cielo, más que subrayar, comenta con retranca. A veces cae en lo primero, pero por lo menos tiene algo de gracia. Lo mismo para el elenco de secundarios: son arquetipos un poquito extremo, pero el girito de humanizarlos es inesperado, y el reparto está muy bien elegido.
Y luego la ambientación ochentera y hortera, muy lograda en lo estético y extremadamente cínica y desmitificadora en cuanto a la Guerra Fría. Hay cero reflejo, eso sí, de lo que la corrupción que esto refleja le hacía a Marbella, si acaso la situación de la España de entonces se muestra por omisión: la búsqueda de trepar por parte de Oskar y su tío —Fernando Tejero en un papel que si te dicen que está escrito para que solo pueda hacerlo él, te lo crees— para salir de la miseria. Ya de paso los críticos y alguna apertura hacen chistes con la estética de los medios de la época, pero sin ponerse pesados. Recordándote, una vez más, que esto hay que tomárselo en serio hasta cierto punto.
Con armas y a lo loco

Así que el guión y la dirección de Los Farad son utilitarios. El par de escenas en que las cosas van a hacer pumba o pañum de manera que nos importen un poco, es decir, que afecten a los protagonistas —que son el personaje de Herrán, el de Susana Abaitua y el de Pedro Casablanc, que está también en su salsa— el encuadre hace el trabajo, sin ponerse intensos ni tirar de subrayados. En general es una serie pensada para que sea fácil de seguir, con la voz en off, que nos habla desde el futuro, lanzando cebos, y hasta una referencia un poco tramposilla a El crepúsculo de los dioses (Billy Wilder, 1950), pero que bueno, como te van avisando de que tiene trampa y al personaje le pega, se admite.
De nuevo por ponerle pegas, pero no de las de tiquismiquis, sino de las de vamos a darle a tope al festival, ya que dejan a la CIA por los suelos tirando de un caso real, habría estado bien ver un poco más del papel del Gobierno español en todo el entramado, ya que cuando aparece queda muy mal. Aunque lo importante en esa parte, que no vamos a destripar, son las consecuencias en uno de los protagonistas, básicamente se deja clarísimo que las autoridades españolas están al tanto de todo lo que se mueve por Marbella, que sacan tajada, y que su papel es mirar al techo y silbar… salvo que pasen cosas que no deben de pasar, al menos en público. Que por cierto: hay una parte con el conflicto árabe-israelí, de nuevo sacada de las noticias de la época, que demuestra que hay cosas que siempre están de actualidad, para muy mal.
Cerrando el trato como hombres, dándonos la mano: muy entretenido y correcto thriller con drama familiar y ese punto de la ambientación en la Guerra Fría. Los Farad es una serie muy eficiente y que se deja ver, apta para el que tenga ganas de cachondeo, de disparos o familias sacándose los trapos sucios. Deja la puerta abierta a una segunda temporada en la que seguiríamos con lo mismo, pero en los 90, y dejando a la CIA, los EEUU y la cómplice por omisión de Españita aún peor. Si eso ocurre y se da la mano con El señor de la guerra (2005), de Andrew Niccol, aquí lo celebraremos.


Jose A. Cano