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‘Chavalas’ analiza la ansiedad de clase de la «generación Yorokobu»

Carol Rodríguez Colás se estrena con una película sobre el clasismo, la creatividad y las raíces tierna y divertida sin alardes

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Ustedes, que son un público leído y viajado, conocerán a Rocío Quillahuaman, ilustradora y animadora que colabora con la revista de tendencias Yorokobu, célebre gracias a sus vídeos satíricos sobre el mundo del moderneo creativo. Por ejemplo, aquél en el que en una fiesta en Barcelona una persona agobia a la protagonista a preguntas profesionales coronadas por el ruego/amenaza «por favor, dime que eres creativa, joder» y luego le estalla la cabeza. Quillahuaman admitía que la gente de Barcelona le daba ansiedad, lo cuál en un titular de La Vanguardia no deja de tener gracia.

Marta, la protagonista de Chavalas, vive en el mismo universo de ansiedades creativas, falsedades y moderneo para las stories que Quillahuaman, una especie de Sibila 2.0 salida de El entusiasmo de Remedios Zafra con un curioso cóctel en su vida de sensación de fracaso, síndrome de la impostora, precariedad vital y profesional y un desclasamiento como el sombrero de un picador.

Marta, en fin, modernea modernamente en una revista de tendencias –Shame, precioso nombre- en el centro de la Ciudad Condal hasta que se queda en paro y tiene que volver a casa de los papás, periplo que entre los nacidos a finales de los 80 y primeros 90 empieza a ser una especie de hito generacional semejante a la mili o la Erasmus para quintas anteriores. Allí se reencuentra con sus amigas de toda la vida y se enfrente a la realidad de cómo ha estado renegando de sus orígenes durante los últimos años.

Chavalas podría haber sido una comedia -aunque tiene momentos muy graciosos- o un drama realista -que también tiene sus ramalazos-, pero en lugar de eso es algo a medio camino que no renuncia a estilizar y/o idealizar un poco la realidad de la clase media aspiracional, los callejones sin salida vitales y el clasismo cotidiano desde la ternura. Prima hermana de Sevillanas de Brooklyn -no solo por compartir una actriz- pero sin astracán y con un poco más de dinero en la cartilla de los personajes. En salas el 3 de septiembre, por cierto.

Et in Cornellà ego

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Gerard Piqué, inmarcesible defensa central del FC Barcelona y organizador de Copas Davis, tuvo un día la humorada de, para rebajar el nivel al eterno rival así como en plan sano cachondeíto entre aficiones, llamar al RCD Espanyol «el Español de Cornellá», como queriendo decir, ¿lo pillas? Una vez, presumiendo de simpatía, bonhomía, naturalidad y qué sé yo qué más, por supuesto en el programa de Broncano, con la preguntita de cuánto dinero ganas, dijo también que tenía más pasta que el presupuesto del Espanyol. Por qué no ha sido lesionado a perpetuidad en un derby, y por parte además del algún canterano perico que sea natural de Cornellà, es un misterio que se me escapa.

Carol Rodríguez Colás ha dirigido Chavalas sobre un guion escrito por su hermana Marina. La primera escena que rodaron de la película fue en elo banco de su barrio en el que se sentaban de adolescente, frente al balcón del séptimo piso por el que se asomaba su madre para llamarlas para comer y que dejasen de hacer el cafre. La mascota que aparece llama como la que tenían ellas y el poema que se lee está basado en uno de una de sus familiares. Han salido a dar la cara para que se la partan con una propuesta «muy personal», pero de verdad.

Chavalas es la película que uno no acaba de tener claro si gustará a los entusiastas de Feria de Ana Iris Simón -tendrían que verla primero, para empezar-, que es feminista sin hacer alardes ni restregártelo por la cara -de hecho, voy a prescindir de explicar cómo lo hace, primero por no reventar la película y segundo por no ir de aliade- y que acaba bien pero sin venirse arriba, dando un cierre a Marta satisfactorio emocionalmente pero que no idealiza

La directora, para la que Chavalas supone su opera prima, explicó en la presentación en el Festival de Málaga la dificultad de hacer al personaje protagonista antipática y al mismo que el espectador se identificase con su precariedad vital. El elenco es quizás el principal punto fuerte de esta película, más allá de que el guion les dé cuatro personajes muy bien definidos y un desarrollo de una pieza.

Aunque la protagonista es Vicky Luengo, sus «chavalas» Elisabet Casanovas, Carolina Yuste y Ángela Cervantes la acompañan en un viaje en el que, miren ustedes, la gente llora bien. Porque en las películas la gente llora sin hacer pucheritos y manteniendo la guapura, y en la vida real no. Y aquí lloran dando pena, como lloran las personas. Que solo por eso y porque en el bar del barrio ponen Cruzcampo ya habría que recomendar el visionado.

Me centro: la naturalidad del escenario ayuda mucho a que todo lo que pasa en Chavalas nos interese y toque la patata, incluso aunque una subtrama sea un poco inverosímil, como si hubiese sobrevivido de un borrador en el que todo era un poco más comedia. Tiene hasta el detalle que, de nuevo, haría las delicias de Ana Iris Simón -redactora de una revista que bien podría parodiar la Shame de Marta- cuando la becaria del fotógrafo moderno y la choni del barrio comparten estilo de chaqueta de leopardo y plataformas.

Chavalas de barrio, chicas de hoy en día

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No deja de tener gracia, de todas formas, que las vicisitudes de Marta la fotógrafa se expongan en un espacio como un festival de cine, muy dado a las ansiedades creativas y de cartón que parodia Quillahuaman y sufre la protagonista en el primer tercio. Quizás ese giro sobre la precariedad, el cartón piedra de las redes y la crisis vital de los millennials, tan cansina incluso para nosotros mismos, es lo que la distingue de otros sesudos análisis generacionales pasados y presentes. Chavalas no quiere ir de moderna ni ser un melodrama, y eso se agradece mucho.

Hablando, por cierto, de las revistas digitales del moderneo modernoso -moderno, la palabra que usaba tu abuelo y a la que le acabaste dando el mismo significado-, la becaria que se disfraza de choni arranca la película mostrando fotos «de gente de barrio, muy diversa» -es poco spoiler este- que luego la cinta irá desmontando sin hacer alarde.

Y es que, aunque todo está muy bien, solo hay una competición de la movida modernosa a la que Chavalas no se resiste: la de medirse la autenticidad a ver quién la tiene más larga. La misma que plantea Feria. Os he ganado, otros modernos, porque yo soy «de verdad» y esta es «la realidad», dos obsesiones de la burbujita cultureta de cualquier ciudad grande -y de alguna pequeña- y de la gente más o menos progre. El barriismo o el obrerismo como una identidad diversa y en disputa más.

Que tampoco es una tragedia, ninguno nos sustraemos el zeitgeist. La película está muy bien, es muy accesible, se ve del tirón, los personajes son tiernos pero con sus defectos muy reales, defiende el empoderamiento y la solidaridad femeninas, invita a no avergonzarse de las raíces y condena el clasismo. Y con Cruzcampo, vamos, el summum. En fin, recuerden: en el cine de su barrio el próximo 3 de septiembre.

© Fotos Chavalas – Álex Zea – Ana Belén Fernández – Festival de Málaga

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