Críticas
Las líneas discontinuas: Un chico conoce chica algo distinto

Still de 'Las líneas discontinuas'. ©Sideral. Montaje: ©Cine con Ñ
Una mujer, de 50 años y divorciándose, y un joven trans que es DJ y músico, forman una especie de «extraña pareja» en Las líneas discontinuas (As liñas descontinuas), el segundo largometraje de la cineasta gallega Anxos Fazáns —que combina los temas de las crisis personales de su primer largometraje A estación violenta (2017) con la identidad que trataba en Habitar (2023)—.
Cuando Denís (Adam Prieto) quiere seguir una noche de fiesta una vez que sus amigos abandonan la discoteca, acaba allanando, destrozando y robando la casa de Bea (Mara Sánchez), agente musical que al llegar encuentra se topa con el caos y con un Denís durmiendo en su cama. Así, tras pegarle y echarle de su casa, Denís volverá inesperadamente dando comienzo a una amistad.
Rodada principalmente en el espacio del hogar de Bea, con escasos momentos en el exterior, y con cajas acechando casi cada escena en la profanidad de los planos, el encuentro entre los personajes en la casa es casi una forma de retiro espiritual para los protagonistas que, de diferentes maneras, deben enfrentarse a las decisiones que les depara el presente y el futuro.
La líneas discontinuas también acaban

Cuando Bea le cuenta a Denís la historia de uno de sus primeros amores, mientras escuchan música en su viejo tocadiscos, le dice que, como todo, ese amor también se acabó. Y es que la película, cuya historia se concentra en los tres días que Bea y Denís pasan juntos, tiene la forma de paréntesis, uno que desde el principio debe de tener un final. En esas jornadas la música volverá a formar parte de la vida cotidiana de Bea a través de la práctica artística extraña y desconocida de Denís, de aquellos discos que ya no escucha o de la guitarra que su hija le anima a volver tocar. De esta manera, la música se encargará de rellenar los silencios, las dudas e incomodidad que surgen entre los personajes.
Ese hogar en proceso de vaciado, la discoteca como un entretenimiento insuficiente, la piscina de una casa deshabitada del vecindario o el puerto, componen un mapa de lugares temporales y transitorios donde los encuentros se hacen posibles. No obstante, la puesta en escena los captura desde la frialdad, con una fotografía que tiende a lo azulado y a la oscuridad. Incluso las rodadas en el exterior, como la esperada charla en el puerto en el que Bea parece, por fin, afrontar su nueva realidad, aísla a su protagonista, la sigue encerrando en primeros planos que parecen no dejarla respirar.
Los personajes se encuentran narrativamente, al mismo tiempo que la película se encarga de separarlos a través de planos contraplanos o planos detalle que fragmentan los gestos y el acercamiento entre cuerpos. Se produce en Las líneas discontinuas el aislamiento de sus personajes, que se observan desde los interiores de los coches, a través de ventanas, y que aún en el exterior están encerrados entre los muros de las calles.
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El propio guión, firmado a dos manos por Fazáns e Ian de la Rosa (Iván & Hadoum), está muy marcado por una cuestión corporal e identitaria, la que atraviesa a Denís como hombre trans, y la tensión que experimenta con Bea, entre una relación sentimental y maternal. Los cuerpos, que en principio deberían ser antitéticos por los papeles que cumplen, víctima y ladrón, se van acercando paulatinamente, primero con gestos mínimos como ordenar la habitación, hasta (spoiler) hacer el amor.
Es en esa escena, cuando Las líneas discontinuas parece deshacerse del desapego de su puesta en escena, donde Bea y Denís se funden. Los espacios, aquellos que los atrapaban, desaparecen por completo. No hay contexto, solo cuerpo. La piel, que antes evitaban tocar, desborda la pantalla, confundiéndose una con otra, quizás solo distinguibles en los tatuajes que la adornan.
De esta forma, la película alcanza un plano más sensible y táctil; y lo que en principio parecía una extraña e incómoda pareja, se convierte en un solo cuerpo. Una unión que, como todo, también acabará, aunque deje su huella en la piel.

Ana Jiménez Pita