Clásicos del cine español
Antes de ‘Alcarràs’: vuelve el primer Oso de Oro de Berlín español

Carlos Casaravilla y Marco Paoletti se reparten las uvas en 'El lazarillo de Tormes'. ©FlixOlé
Cuando Alcarràs (2022) ganó el Oso de Oro en el Festival de Berlín, se unió a la selecta lista de películas españolas que habían logrado el primer premio del gran certamen alemán. Fue más 60 años antes cuando se inauguró el grupo de ganadoras. Lo consiguió El lazarillo de Tormes (1959), película de César Fernández Ardavín que adaptaba una de las novelas más importantes de la historia de la literatura española y que ahora estrena en streaming, con una renovada versión en 4K, la plataforma FlixOlé.
Fernández Ardavín se convirtió en especialista en llevar libros al cine gracias a esta versión de La vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades, la celebrada novela del Siglo XVI, de autor desconocido, considerada precursora del género de la picaresca. A diferencia de los varios años que abarca la novela, el director y guionista, que firmaría después adaptaciones de La Celestina (1969) y Doña Perfecta (1977), centró la historia de la película en la infancia de Lázaro, ese niño pobre que viaja por distintos lugares mientras sirve como aprendiz y siervo a distintos amos.
Fue una coproducción España-Italia en la que, como era habitual en la época, se intercalaban los actores españoles e italianos. Por eso el joven protagonista de El lazarillo de Tormes fue Marco Paoletti, conocido en su país natal por haber copratogonizado El maestro (1957), la última película como director del también actor Aldo Fabrizi. El reparto se completó con Carlos Casaravilla como el ciego, Juan José Menéndez como el escudero, Memmo Carotenuto como buldero y Carlo Pisacane como el Clérigo de Maqueda.
De Berlanga a Harold Lloyd: el camino al Oso de Oro
El de El lazarillo de Tormes en Berlín fue un auténtico hito en el reconocimiento internacional para el cine español: la primera película nacional no solo en ganar el Oso de Oro, sino en conseguir el máximo reconocimiento de un festival fuera del país. Y lo logró en uno de los que empezaban a ser más punteros de Europa. Su éxito en la Berlinale catapultó su proyección fuera de nuestras fronteras: se proyectó también en la Sección Informativa del Festival de Venecia y llegó a estrenarse en Estados Unidos en el año 1963.
El lazarillo de Tormes se había visto por primera vez en España unos meses antes de triunfar en Berlín. Según se detalla en La Tribuna de Toledo, fue en noviembre de 1959 cuando se celebró el gran estreno de la película en los Cines Callao de Madrid tras un pase inicial en Salamanca. Aunque Luis García Berlanga la consideró entonces «una película de la que todos podemos estar orgullosos en cualquier parte» y el escritor Wenceslao Fernández Flórez como una adaptación que «verdaderamente la pena de ser presenciada», las valoraciones de la crítica española fueron mixtas, valorando algunas negativamente su adaptación libre de la novela.
Tras un estreno el Museo del Louvre de París —tras el que fue elogiada por el director René Clair—, llegaría su selección en la 10ª edición del Festival Internacional de Cine de Berlín. La película competía con hasta 30 películas, entre las que estaban la mismísima Al final de la escapada, la película fundacional de la Nouvelle Vague de Jean Luc Godard —ganó el Premio a la Mejor Dirección en Berlín—, pero también la influyente Pickpocket, de Robert Bresson, o las celebradas La herencia del viento, de Stanley Kramer y Río salvaje, de Elia Kazan. Fue el presidente del jurado, el mítico actor Harold Lloyd, el que terminó de inclinar la balanza de las votaciones para que se llevase el Oso la película española.
El lazarrillo de Tormes contra el olvido
En España la película recibió cuatro medallas de Círculo de Escritores Cinematográficos (Película, Dirección, Fotografía y Música), el equivalente a los Goya de aquel entonces, y la Mención Especial del Jurado de los Premios del Sindicato Nacional del Espectáculo. Después, la estela de la película se fue apagando. Es evidente que no ha dejado la huella que han dejado películas con las que compartió competición en Berlín pero tampoco otros filmes españoles premiados en festivales internacionales en la época como Muerte de un ciclista (1955) o Viridiana (1963).
Las razones para su relativa —teniendo cuenta el Oso de Oro— poca valoración en la historia del cine español pueden ser variadas. Primero, su contexto. A El lazarillo de Tormes se la identificó como parte de un cine español «antiguo», el de las adaptaciones y las recreaciones históricas, que era el que promocionaba el franquismo. Su adscripción a la moda de las películas protagonizadas por niños de aquel entonces, lideradas por el éxito de Marcelino, pan y vino (Wajda, 1954), tampoco ayudó a darle una entidad propia.
La llegada de la película a FlixOlé podría servir para revalorizarla
Por otro lado, la carrera de Fernández Ardavín, pese a que fue muy prolífica y dejaría recordados títulos posteriores (especialmente La Celestina), tampoco volvió a brillar como en los 50. Su nombre como director prominente del cine español fue apagándose en favor de la nueva generación de directores españoles que representaban los Berlanga, Bardem y, después, toda la generación del llamado Nuevo Cine Español (Saura, Summers, Picazo, Borau, Martín Patino, Camus…). Las posteriores versiones de la obra, sobre todo la televisiva de Juan Antonio Porto (El lazarillo de Tormes, 1987) y la revisión cinematográfica de Fernando Fernán Gómez y José Luis García Sánchez (Lázaro de Tormes, 2001) —que se llevó 2 goyas— terminaron de reducir su impacto en la memoria.
En cuanto a la lectura posterior de la película, es evidente que la perjudicaron los aspectos ideológicos o sociales que había suavizado o directamente eliminado Fernández Ardavín con respecto a la novela original. Sobre todo en los aspectos más controvertidos que involucraban a la Iglesia, el director madrileño optó por no levantar las suspicacias de la censura franquista, que ya miraba al detalle una novela que no estaba precisamente entre las favoritas del régimen. En cualquier caso y pese a su mirada menos cruda, la película deja ver las injusticias y miserias de la España imperial, pero quizá no de una forma tan neta como otras de su misma quinta.
La llegada de la película a FlixOlé podría servir para revalorizarla, tanto en las particularidades de su lectura de la novela como la, ya por entonces elogiada, dimensión artística de la película. La profunda fotografía de claroscuros de Manuel Berenguer, la potente música de Salvador Ruiz de Luna y las distintas elecciones formales de Fernández Ardavín dan buena cuenta de la cuidada expresión dramática y el afinamiento técnico de una obra que mantiene momentos de una gran intensidad.

Arturo Tena

