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La novia de América: La comedia en español se queda sin boda

La novia de América arranca con el derrumbe sentimental de Ana (Miren Ibarguren), que acaba de ver cómo su pareja durante ocho años le pone los cuernos con su mejor amiga, con la que se casa y deja embarazada. Su tristeza es sacudida por una noticia que le da su hermano (Pol Monen): su padre (Ginés García Millán) se casa con una mujer mexicana 30 años más joven que él. Y la boda es ya, en México. Ana, su hermano, su novio (Eduardo Casanova) y su tía (Pepa Charro) ponen rumbo al país centroamericano para acudir a la boda.
Que Alfonso Albacete es un enamorado de las comedias románticas parece más que claro después de casi 20 años de carrera como director. Pese a no estar ya junto a su antiguo compañero de aventuras cinematográficas, David Menkes —con el que rodó en los 90 dos películas rescatables como Más que amor, frenesí (1996) y, sobre todo, Sobreviviré (1999)—, siguió la senda de los amoríos en su primera película en solitario, Solo química (2015). Ahora vuelve al subgénero con esta declinación del «viaje al extranjero» en el que hay que solucionar tanto corazones como vínculos familiares.
Ver La novia de América resulta casi una oda a las comedias románticas porque te recuerda, por oposición, lo que es una buena. Aunque Albacete le da a todo un toque luminoso, la película se va cayendo en casi todo: producción de técnica ramplona, actores desubicados en personajes incoherentes, poco ritmo cómico y, sobre todo, una historia con giros tan perezosos y arbitrarios que no llegan siquiera a excusa.
Iberoamericana original, naufragio real

La novia de América es un ejemplo perfecto también de cómo se está moviendo el mercado audiovisual y de cómo no crear un producto para ese mercado. Una buena parte del sector ha detectado que el público global del streaming demanda cine y series en español, que ofrezcan actores, situaciones y valores exportables en distintos países hispanoamericanos. Y ya es un tsumani dispuesto a arrasar con todo. Esta película llega a las salas en España mientras en México se lanza ya como un original de la plataforma Vix+ y con el nombre Juntos pero no revueltos —más atractivo para el público mexicano que el original—.
«Esto valdrá para España pero para México también», pensaron. Y el resultado no vale demasiado como exploit para ninguno de los dos países. Más allá de que la película es un catálogo poco inspirado para promover el turismo en el país norteamericano (planos aéreos repetidos, calles recogidas sin detalle…), otro de los males de las películas de nuestro tiempo, ni hay acercamiento real ni tampoco hay demasiado chiste con el choque entre las dos culturas. Cuando se quiere hacer un esfuerzo —sobre todo por el lado mexicano— la comedia crece un poco en espesor, aunque es posible que el juego se quede corto para el público de ambos lugares.
No es malo que existan películas o series que puedan dirigirse a un público en español sin fronteras. Lo malo es que sea la única justificación real de su existencia. Así es como luego nos llegan cosas como La novia de América, que, sin dudar del origen de la historia y las motivaciones de Albacete, se queda en una vía comercial intermedia, sin personalidad ni un nivel de producción a la altura. Pensar que a todos nos vale lo mismo crea un efecto anodino que hace especial daño a la comedia, un género que puede dar mucho más de sí que funcionar de base facilona para vender la burra al por mayor.
La novia de América y el barullo

Al final, acabamos con una historia que hay que embarullar un poco para acabar en lo de siempre. Pero el problema no son los tropos clásicos de la comedia romántica, sino el barullo que hay en medio: no hay nada significativo en el entuerto que plantea la historia. No hay prácticamente chiste bien traído porque no hay tensión alguna, solo una serie de situaciones metidas con calzador y sin demasiada motivación que acaban haciendo pasar los minutos. Los conflictos entre los personajes tienen la profundidad de una hoja de papel, por lo que todo da absolutamente igual.
Solo el carisma y las tablas de Miren Ibarguren —protagonista de un prólogo ridículo y cruel que es de lo más salvable de la película— salvan un poco el nulo sentido de la oportunidad de las bromas, el diferente sentido del humor entre países, el ritmo a destiempo al resolver las situaciones y la peregrina puesta en escena cómica para dar rienda suelta a los grandes gags. La novia de América es un batiburrillo que, pese a su falta de pretensiones, se queda muy lejos de ser la comedia romántica ligera y buenrollista que quiere ser.

Arturo Tena