Reportajes
Ficción y documental en corto ponen el foco en la violencia contra las mujeres

La violencia de género tiene muchas caras. Lo demuestran tres cortometrajes españoles candidatos al Goya este curso: 36, de Ana Lambarri, Trazos del alma, de Rafa Arroyo, y Harta, de Júlia de Paz Solvas, dos ficciones y un documental que, desde perspectivas muy distintas, hablan de los abusos físicos y psicológicos que sufren las mujeres por el hecho de serlo. Tres historias, dos imaginadas y otra real, que resaltan un problema social en aumento en España.
En la infancia o en la madurez, de forma directa o indirecta, in situ o a posteriori, los tres filmes se acercan a tres personas que viven o han vivido el miedo. De Paz Solvas plantea una progresión dramática desde la angustia de una preadolescente obligada a reunirse con un padre condenado por violencia machista; Lambarri fija en un plano secuencia una reunión social de apariencias sin salida para una mujer maltratada; y Arroyo se acerca al dolor de su madre tras abusos silenciados durante décadas.

El peso del silencio…

La amenaza real de la violencia, en sus múltiples formas y consecuencias, se estudia en estos cortometrajes desde su dimensión física, pero sobre todo desde unos efectos psicológicos que permanecen en un segundo plano. «Lo que producen estas violencias, en la parte menos visible, es achicar a las personas y humillarlas», comenta a Cine con Ñ Ana Lambarri, directora de 36, tercera parte de la serie de cortometrajes de ficción que la cineasta y directora de cásting ha hecho sobre la violencia contra las mujeres a diferentes edades (16, 26, 36).
Las huellas invisibles de la violencia se disparan en 36, Harta y Trazos del alma, especialmente a través de una barrera de normalización o silencio social ante los abusos. Muchos años tuvo que aguantar ese dolor sin comprender ni compartir María José Arroyo, protagonista del documental Trazos del alma, que sufrió abusos ya cuando era una niña por gente de su pueblo, Puertollano. Luego fue violada cuando tenía 18 años y obligada por su familia a casarse con su agresor. Su hijo y director del documental, Rafa Arroyo, cuenta que se la estigmatizó y que sus propios padres «consideraban que no era una persona válida, que se casara y tuviera un poco de vergüenza».
Esa incomprensión social o ese miedo a la incomprensión social es lo que mantuvo a María José Arroyo callada ante lo sufrido durante años. «Sufres una experiencia traumática y si encima no tienes apoyo todo se vuelve mucho más difícil», explica el cineasta. Desde un presente muy directo, es lo también ocurre en las historias de Harta, donde una niña tiene que pasar horas con su padre, que ejerce una violencia sibilina, y de 36, que explora ese «silencio y de decidir no comunicar lo que está ocurriendo. Y que el entorno entonces saque sus propias conclusiones», dice Lambarri.
… y cómo romperlo

Preguntada por las razones de ese silencio en nuestras sociedades, Lambarri asegura que se mantiene aquello de «en rodas las casas cuecen habas». «Seguimos viviendo en una sociedad en la que está muy instaurada la idea de que cada casa se soluciona sus propios problemas», comenta la directora, que cree que produce también un efecto de no intervención desde fuera porque «como vecinos o amigos a veces nos da miedo meternos en los temas de los demás», pero que si lo hacemos podemos ayudar a alguien que lo está pasando mal».
Arroyo, que pudo conocer la historia de su madre después de haberse sincerado con una nueva amiga a través del arte, piensa que el revelar los abusos es especialmente tabú si ocureen dentro de los círculos más cercanos y familiares. «Sigue pasando que hay familias en las que no se dicen estas cosas por miedo a reestructurar, quebrar esos vínculos o estigmatizar». El director asegura que aún escucha comentarios como «pero cómo vas a decir eso, piensa en tu familia» y mantiene que «hay que denunciarlas por mucho que sea un familiar tuyo el que las haya cometido. Si lo ha hecho, es que igual tan familia no somos».
Finalmente, los cortometrajes ponen a estos sujetos y sus vivencias en el centro del discurso, para seguir visibilizando problemas sociales a través del audiovisual. Lambarri mantiene que hay que mantener la conversación abierta: «Hay que seguir hablando siempre todo el tiempo, para que no se acalle un tema que parece que se pierda en palabras en los discursos públicos mientras miles de mujeres viven en situaciones de terror». Arroyo asegura que hay que empatizar con las víctimas y cree que, a 25 de noviembre de 2022, «hemos cambiado, pero aún hay mucho por hacer» para frenar la violencia contra las mujeres.

Arturo Tena