Críticas
La Deriva: Silencio, se camina

Stills: ©La Deriva/ Montaje: ©Cine con Ñ
La Deriva sigue a El Caminante, un monje budista que visita San Sebastián. Una figura entregada a la quietud y el silencio que se desliza con indiferencia entre el furor de la ciudad —el ruido del día, las luces de la noche— apenas como una mancha de quietud en mitad del caos. Durante su paseo, el pasado y el presente se funden y se mezclan con las vidas de desconocidos.
Coproducción España-Taiwan dirigida por Tsai Ming-liang, cineasta de este segundo país. Se estrenó en el Festival de San Sebastián, por motivos obvios, y ahora llega a cines haciendo que uno se pregunte si conseguirá encontrar su público. Porque en los 80 minutos de esta película no se llega a pronunciar una sola palabra y el argumento es, en el mejor de los casos, subliminal. Esto se compensa con cierta potencia visual y con el esfuerzo en introducirnos en la quietud del monje.
El Caminante de La Deriva tarda minutos en dar cada paso, sin perder su posición de meditación. La cámara lo aprovecha y lo hace surgir lentamente de detrás de todo tipo de elementos o lo pasea para contrastar con espacios emblemáticos de la capital donostiarra. Que las ciudades modernas sean sobre todo de color gris metalizado y un marrón apagado hace que el hábito rojizo del hombre santo destaque sobre ellas. Esas estampas son la principal baza de una película que intenta vencernos por cansancio.
La Deriva y lo que sucede

A El Caminante lo interpreta el actor taiwanés Lee Kang-sheng, porque sí, esto es ficción, no se han traído a un monje de verdad a que medite mientras camina sin rumbo por San Sebastián. Las postales en movimiento de su personaje tienen como objetivo inducir en el espectador un estado de trance parecido al que este parece vivir, hundiéndolo en un silencio que se siente antinatural para el tipo de cine al que estamos acostumbrados.
Algo a lo que ayuda a que el ruido que rodea al monje en La Deriva es percibido normalmente como «de fondo» tanto en las películas como en la vida. La película lo coloca en primer plano mostrando a un ser capaz, si no de aislarse de él, al menos de atravesarlo con el máximo de calma posible, dejando que lo rodee pero no lo contagie. Algo que otorga más fuerza a sus escenas en la naturaleza.
Dejar pasar La Deriva

Pero seamos sinceros: a La Deriva hay que ponerle ganas. Hay que estar dispuestos a caminar por ella como el protagonista, dejando que suceda en lugar de resistirnos. La ciudad es lo que es, la naturaleza es lo que es y la película es lo que es, intentar imponerle lo que deseamos que sea solo llevará a la frustración. Y sí, las subtramas de los personajes con los que se cruza El Caminante en elipsis nunca quedan claras, pero demandan la misma quietud y la misma fluidez. El peligro, por supuesto, es caer en lo incomprensible y, de rebote, en el tedio.
La Deriva es una propuesta compleja, poco habitual y que exige saber tanto lo que se acude a ver como la actitud para recibirlo. Esto no es un examen, sino una circunstancia. Si no estamos dispuestos a una hora y veinte minutos de silencio, caminar y personajes solitarios que comparten sus traumas con el vacío, La Deriva no es para nosotros. No es bueno ni malo, es algo que debemos dejar que pase.
Jose A. Cano