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Críticas

La luz: Una absolución imposible

Una buena película, que se atreve a mirar donde más duele, pero que acaba sacrificando parte de su ambigüedad moral por reforzar su mensaje sin redención
Crítica de 'La luz', película de Fernando Franco

La luz sigue a Manuel, un tranquilo cura que busca dejar el sacerdocio. Sin embargo, su petición interna para colgar los hábitos parece haberse quedado en tierra de nadie. Cuando empieza a investigar, descubre que es su pasado lo que está interfiriendo en su nuevo camino. Manuel se pondrá el objetivo de hacer cualquier cosa para desbloquear la situación y, por fin, dejarlo todo atrás.

Nueva película de Fernando Franco (La herida, La consagración de la primavera), que llega a cines menos de un año después de la anterior (Subsuelo). Llega a cines un poco de puntillas, entre la discreción que se ha mantenido desde la propia producción y una cierta cautela/incomodidad evidente de la propia industria (sin pasar por festivales, con una distribución limitada pese a ser de una majorDisney en este caso—). Todo parece tener que ver con el atrevido planteamiento, que tiene su enganche de actualidad por la visita del Papa a España: contar los abusos sexuales en el seno de la Iglesia Católica desde el punto de vista de un cura que los ha cometido.

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La luz es, de entrada, una película que interesa ver por ver cómo resuelve su provocador punto de partida, que se sale del punto de vista habitual a la hora de tocar estos temas (las víctimas). Por meter el dedo en el ojo a un tabú eclesiástico y social en una época determinada, tiene un aroma casi a película subversiva de la Transición —en la misma línea, uno piensa en El sacerdote (1978)—. Fernando Franco es capaz de desvestir ese morbo, manteniendo su ambigüedad, durante buena parte de la película. Sin embargo, al final y desgraciadamente, acaba por desinflarse.

La luz de la controversia

Como ya hizo en La consagración de la primavera (2022), Fernando Franco se mete de lleno en un tema con una cierta controversia moral de fondo. En este caso, le interesa el peso de la responsabilidad y cómo asumirla de verdad, sin coartadas que puedan aliviar sus consecuencias y, desde luego, sin la redención o la expiación de una culpa entendida en términos de fe.

El director hace crecer ese peso desde un cierto equilibrio formal: la película no es particularmente elegante o preciosista (más bien, al revés) ni juega en exceso con la imaginería religiosa para intentar hacer los juegos clásicos de oposición (la miseria humana vs. la elevación de la fe). Todo es más bien discreto: los planos se aguantan todo lo que pueden, pero siempre desde un tono más descriptivo que enfatizante, y la música tiene sus momentos pero sin avasallar.

El plano lo llena un ominipresente Alberto San Juan, que lleva varios años ya a un nivel que, siendo facilones, se puede definir como celestial. Da vida a un protagonista muy difícil, hipereducado, calculador y lo suficientemente ancho para que le entren un rango amplio de juicios por parte del espectador: la condena, la empatía, la vergüenza y el miedo. Todo eso te cabe en la interpretación de sus gestos.

Y, de pronto, otra película

Durante buena parte de la película, Franco se agarra a la tensión que provoca ver a un protagonista cada vez más acorralado frente a su secreto. En un determinado momento, el peso callado acaba siendo tan grande que rompe la barrera de lo individual, entrando en una dimensión más amplia en su diagnóstico y lectura social. Cuando imagina un giro de personaje y busca elevar su diagnóstico, La luz cambia. La tensión central se desvanece y se da paso a otra cosa, con unas claves morales distintas.

La tesis de Fernando Franco sería la siguiente: aunque la consciencia del daño fuera real y hasta las últimas consecuencias, la sociedad no está preparada para que una persona que ha cometido estos actos se redima. Es una idea interesante. El problema es que, para llegar hasta esa conclusión, necesita compensar la pérdida de tensión moral que sostenía un protagonista que era «el malo» hasta ese momento.

Para rellenar ese vacío que genera la película, Franco acaba enredándose en el juicio externo, mucho más esquemático y más bien dirigido a reforzar esa conclusión concreta que a profundizar en esas ambigüedades. Es como si, en el último tercio, Franco quisiera volcar todas esas ideas y, en un final castigador, darle al todo una dimensión casi martirizante y machacona al mensaje de que el perdón es una quimera.

Da la sensación de que La luz ha necesitado perder algo por el camino para ser más digerible, devolviendo la pelota al espectador. Es, por tanto, algo menos retadora de lo que podría haber sido, por mucho final de impacto que tenga y por mucho vacío que pretenda dejar. Aun así, la película merece verse: se atreve a mirar determinados puntos ciegos y no tiene miedo de lo que encuentra en esa oscuridad.

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Arturo Tena

Arturo Tena

Graduado en Periodismo por la Universidad Carlos III de Madrid. Escribe crítica y análisis de cine desde 2010 y es socio de ACCEC (Associació Catalana de la Crítica i l'Escriptura Cinematogràfica). Después de trabajar en CTXT, desde 2018 dirige el medio especializado Cine con Ñ.